sábado, 20 de marzo de 2010

Conversación Irreverente.


Usted siempre supo que el amor sabe bien ¿Verdad? Entonces ¿cuál es su problema? Otra vez deseando chillar, colirio. Tersura de manos hermosas que no saben bailar. ¿Recuerda las viejas notas?¿esas que cansadamente recitaba ante el fuego, cruel, sistemáticamente? Retórica convencida en zanahorias de que esta es la verdad. Pura y fina como arena de Hawai. Ni un minuto pienses, solo siente ¿Y que es sino la abstracción? No escuches, no leas. Es vicioso esto que hay en mi. Y ¿Porque? ¿no se da cuenta que yo también quiero helado? Insolente, vacío, banal animal que pudre el pensar e invalida el sentimiento! esta conversación no puede seguir convirtiéndose en tamaña infamia. Váyase…

miércoles, 17 de marzo de 2010

Caminantes


Aquellas estas primeras noches se van alejando, se van convirtiendo en recuerdo.
Somos caminantes opuestos, estamos a punto de encontrarnos y sobrepasarnos.
Nos venimos mirando, desde hace tiempo. Cada vez veo mas de vos.
Se acerca el tiempo de no ver mas nada y sobrepasarnos.

Te quise, te odie, te divierto y te aburro… todavía.
Es tiempo de olvidar y sonreír, el camino aguarda…
… y otros caminantes con él.

jueves, 11 de marzo de 2010

Bufanda


Es que no podemos dejar que la creatividad se nos hunda asi, y el amor.
Esta canción me hace acordar al mecanismo de una caja de música
Y hoy a la tarde salí a la calle con la intención de comprarte una bufanda

Si supiera que quiero mi vida ya no tendría sentido, buscar es vivir, encontrar es morir.
No se si te quiero, no se si me quiero. Solo se que leo y pienso .
Solo se que esta noche hace frío y no te tengo a mi lado. Tenés frío igual que yo.

Es que la genialidad de los genios me inspira. A quererte, a alejarme.
Este julio sangrarás, lo se. Pero es mejor sangrar mil veces que no vivir.
Me voy. De acá y de todo. Como siempre. No soy y eso me hace bien.

Si entendieras lo etéreo de estas percepciones te tejería una bufanda.
Con hilos orgánicos te arroparía, cada noche. Con calor de madriguera.
Pero sigo leyendo y oyendo esta canción que me recuerda tus mecanismos.

Seamos posesiones preciadas, uno del otro y rompamos a llorar, juntos.
Todo se resume en vivir y vivir en sentir y sentir en tu piel y tu mirada.
Pactemos pactos secretos. Amarrémonos a códigos intangibles. Bebamos sangre.

Tejamos una línea blanca de acero de araña que nos permita ser flexibles.
Y entendámonos así, como realmente somos. Que la distancia no exista.
Congelemos nuestros corazones en invierno y amémonos dramáticamente en verano.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cansado de sembrar ausencias.



Cada intento es un vendaval de cansancio. Las piernas se me aflojan.
El viento sigue su curso. Los labios se secan y sangran. Arena.
La mandíbula tiembla y las púas se retuercen en mi abdomen.
Dolor cristalino y delicioso. Sangre decorativa. Inactividad.

Y de pronto amplios ventanales que dan a cuevas llenas de fotos.
La gente que no está. Los fantasmas. Los cadáveres. Los traidores.
La caverna respira, acida. Vapor. Y mi retina se humedece.
Mis labios balbucean, ceden, se cierran. Mutan, gritan.

Pronuncio nombres. Invoco recuerdos. Vienen a mis brazos cuan hijos.
Amores macerados, cariños congelados, risas huérfanas.
Retazos sin sentido. Rejunte de dolor. Clavos. Glándulas.
Olor a fuego y sabor a pan. Muertos, muchos, ausentes, todos.

Ella nunca sabrá cuanto la quiero, cuanto la quise, como la extraño.
Ella no va a entender porque me fui, no va a querer entenderlo.
Ella no habla de mi, elude referencias a voluntad, pero sabe que estoy ahí.
Ella me visita en una risa, en una mirada, en una actitud.

Él se dejó manipular. Él y yo. Él y nadie. Yo y él. Nadie y nadie.
Fue mi hermano. Fuimos mejores amigos por contrato. Nos enloquecimos.
Nos divertimos como nadie. Nos reímos, nos entendimos, reñimos.
Me confesó. Cerré mi boca. Confió y confiaría hoy también. Siempre supo.

Ella era mi confidente basura. Era un mensaje al viento. Era paz.
Ella entendía los mecanismos, sabia que cable había que tocar. Reparaba.
Ella se resignaba al sufrimiento, pero enaltecía su cabeza. Lloraba.
Ella supo acompañar. No le pagué como debía. Éramos hienas gemelas.

Él nunca sabrá que fue mío secretamente, desde el ápice de esa primer mirada.
Oí que se caso. Oí que subió y bajo, que rodó, que desapareció.
Él tiene que haber sabido, él se tuvo que dar cuenta. Era miel y vinagre.
Era firme, era íntegro, era confuso, era sagrado, fue mi amigo.

Él lo fue todo. Él murió como un redentor, como un patriarca.
Él vivió, él me baño en el perfume de su aplomo. Él guió. Él juzgó.
El silencio era nuestro puente. Nos sentíamos. Era suficiente.
Sabe que lo amo para siempre. Sé que me amo como a nadie.

Ella desapareció cuan zorro tras el crimen. Ella era natural.
Nos acompañamos, supe ganarme su cariño. Supo utilizarme, aprendió a amarme.
Me enseño. Me mostró los canales alternativos. Se entusiasmo.
Entre los dos, un abismo, sin embargo nos preferimos como compañeros.

El fue celoso. Divertido. Atrevido. Áspero. Suicidó la amistad. Malentendió.
Volvió, lloró. Demostró. En ese momento éramos él y yo. Todos lo sabían.
Él esta en otra dimensión. Él tomo lo que quería y se largó. Como todos hacemos.
Fuimos crueles, fuimos unidos, fuimos transparentes. Fuimos extraños.

Las fotografías solo retienen irrealidades. Nada vuelve. Todo perece.
La perennidad es un cuento perverso. La eternidad un derecho negado.
El dolor una constante. El amor un destello de color. El odio un borrón.
Si te marcó una vida, estate seguro de que la marcaste también.

sábado, 6 de marzo de 2010

Nervios

Todo es tan inseguro, todo es tan aéreo, tan flaco, tan vago, tan extrafalario, tan descarado, tan sincero, tan derecho, tan puro, tan abierto, tan mojado, tan sensual, tan innombrable, tan simple, tan verdadero, tan fugaz, tan marginal, tan terrible, tan gracioso, tan grande, tan real, tan movilizador, tan virtual, tan lejano, tan loco, tan lindo, tan especial, tan retorcido.

martes, 2 de marzo de 2010

La bañera de mármol



La bañera de mármol en el baño azul estaba llena. Justo como él lo había pedido. Podía verse cálido el vapor, emanando del agua tibia. Las persianas de los ventanales totalmente abiertas. Donde concluía la escalerilla, también de mármol, que conectaba la bañera con el suelo de granito oscuro, una mantilla roja, como él lo había pedido. Las abundantes velas de colores tierra que rodeaban la circunferencia de la bañera estaban todas encendidas. Rogelio tampoco había olvidado la champaña y la copa de cristal con puntillas doradas predilecta, casi exclusiva para él en lo que respecta a bebidas blancas.
A pesar del esfuerzo de Rogelio, el mayordomo, Aníbal no estaba satisfecho en un cienporciento. No solo porque el baño verde estuviera siendo reparado y porque Rogelio se había olvidado de desenchufar y guardar el secador de pelo que, reposando en la mesada del lavamanos, rompía la armonía del ambiente, también porque el ocaso, que deseaba lo acompañara en la velada, era gris. Las nubes tapaban al sol que se separaba del cielo lentamente, para sumergirse en la tierra. Aníbal dejo caer la toalla y se sumergió sigiloso en el agua clara de la bañera. Comenzó a añadir algunas sales de baño y a relajarse. Miró el cielo a través de los cortinados y pensó. Pensó en lo que le esperaba al día siguiente con la llegada del cartero. Cuentas. Números. Ya casi podía oír el sonido de los dedos impactando en las teclas de la calculadora. Ya sentía ese olor a papel y plástico de los modernos envoltorios que transportaban las cuentas. Cerró un segundo los ojos y pensó en Ana. ¿Qué estaría haciendo? Sabía que jamás podría tenerla en sus brazos, sabía que le estaba prohibida. No quiso pensar más. Abrió los ojos de un sobresalto y miró la copa. Casi se estaba olvidando de la champaña. Bebió.
Mas tarde paseo por el jardín de atrás. Rogelio se encargó de prenderle todas las luces y la fuente de aguas, que se prendía solo cuando se salía a verla, porque era un gasto de energía innecesario. El jardín parecía estar diseñado para visitarlo de noche. Las múltiples enredaderas se mezclaban en un punto con los árboles formando espesas capas a lo alto que daban la ilusión de estar en una gran caverna. Las flores rojas y rosas dispuestas aleatoriamente sobre la espesura. Senderos de piedra serpenteantes recorrían prolijamente el lugar, iluminado tenuemente por faroles esféricos dispuestos también de forma imprecisa. Aníbal lo recorría de memoria. Hasta podía hacerlo con los ojos cerrados. Pero no quería cerrar los ojos, sabía que ella estaba ahí, cada vez que cerraba los ojos, en su mente en sus sueños como un verdugo. El gato lo miraba fijo agazapado.
- Ya puedes irte Rogelio- susurró como para no romper la armonía del lugar, hogar también de loros, pavos reales y algunas otras aves.
La noche avanzaba, y, aunque no había brisa, el aire se tornaba frío, así que volvió adentro.
Aníbal caminó en la oscuridad hacia la sala de estar recordando que otra vez se había olvidado de avisarle a Rogelio que encendiera el fogón antes de irse. Pero inmediatamente cayó en cuenta de la vanidad de dicha preocupación, concluyendo que Rogelio lo habría encendido de todos modos, como de costumbre.
Así fue, efectivamente. Resignado al hecho de que no podría conciliar el sueño tomó en sus manos una copa de vodka y se acurrucó en su sillón predilecto, junto al fuego. Fija la mirada en el rojo vivo de las brasas, la imagen de Ana volvió a atormentarlo. Recuerdos imborrables. Tenía los ojos rojos de no dormir, de hacer vigilia, con tal de no encontrarse con ella. El servirse otro vodka era casi una tarea involuntaria. La noche avanzaba y los ventanales ofrecían una amplia visual de la inercia exterior, solo interrumpida por el suave balanceo de algunos árboles que cedían ante las brisas ocasionales.
Las brasas casi extintas liberaban un humo delicado que entretejía siluetas y garabatos entreteniendo su vista. El sonido proveniente del péndulo del reloj se hacia mas perceptible ahora que el fuego había muerto. La botella de vodka ya estaba vacía. El gato lo miraba desde afuera fantasmal, lo asechaba cual cazador a su presa. Recordó las paginas amarillentas del álbum de estampas postales. Pensó en que se había olvidado de vaciar la bañera. Ana volvió insistente y maldita en la oscuridad de la noche a su mente, como el gato negro que se deslizaba por el cristal de la ventana pidiendo entrar. Sus labios temblaron y finalmente cedió. Abrió la ventana al gato y también a Ana. Subió las escaleras lentamente. Volvió a ingresar en el baño y corroboró junto con Ana que realmente se había olvidado de vaciar la bañera. Pero no sacó el tapón. Aníbal volvió a sumergirse en el agua helada, con el secador de pelo entre las manos.