sábado, 27 de febrero de 2010

Lo copado y lo No copado de las últimas semanas



Soñar despierto es copado. Que tu mama te llame a las nueve de la mañana y te despierte en el medio de un sueño no es copado.
Prepararte para un examen escrito y ser uno de los pocos en aprobarlo es copado. Que después te avisen que hay una "segunda etapa" oral y te bochen no es copado.
Recostarte en la naturaleza y quedarte dormido es copado, despertarte lleno de picaduras de mosquitos no es copado.
Tener que decirle por enesima vez a tu ortodoncista que perdiste el papelito del turno no es copado. Que ella se adelante y te llame primero para decirte que tiene que cambiarte el turno que te dio es copado.
Ponerte las pilas con el entrenamiento antes de una sesion de fotos y empezar a comer bien y ver resultados es copado. Que te agarre una descompostura unas semanas antes y tener que hacer dieta liviana te caga todo y no es copado.
Invitar a tu ex a bailar y que suspenda un compromiso para acompañarte es copado. Que te llame una hora antes y te diga que solos se van a aburrir y que esta con un chabon y tener que decirle "lo dejamos para otro dia" no es copado. Que a los diez minutos una amiga te invite a ese boliche y que la pases bomba es muy copado.
Que llegue tu amiga de chile es copado. Que no la puedas ver hasta que terminen de rendir no es copado.
Encontarte en el boliche a esa persona con quien tuviste algo que no funcionó y que haya la mejor onda es copado. Cruzarte cuando vas al mercado con ese hijo de puta que te cagó y que anda por tu barrio a pesar de que le dijiste que no lo queres ver mas no es nada copado. Que te chupe un huevo es copado.

Frases celebres de estas semanas:

"la gente te obliga a violarla!"

" si me dieran un centavo cada vez que alguien me come con la mirada ya sería rico"

"cuando encuentro cosas en la calle soy ten feliz!"

jueves, 25 de febrero de 2010

Mundos


Mundos

Existen mundos dentro de mundos.
Mundos de goma espuma, luminosos
Dentro, mundos de cartón, cálidos.

Los hay coloridos o apagados y desérticos
Yo tengo unos cuantos,
Chiquitos y muy grandes

Hay uno azulado mediano que me preocupa
No tiene habitantes ni relieves
No tiene agua y no gira.

Hay uno que me molesta, es colorido,
Aun así me molesta. Es ruidoso y hay que acallarlo
A veces lo destruyo un poco.

Cientos de ventanas o aves van y vuelven
En un mundo gris, latoso.
Es intrigante y sobrio, soberbio y ausente.

Ninguno tiene órbitas fijas, deambulan como pueden
A veces chocan y cae gente.
A veces están en perfecta sincronía. Muy pocas.

martes, 23 de febrero de 2010

epístola sobre el amor 1

Y es que hay que hablar de eso, hoy no se que porcentaje de mi vida ocupa (o desaloja) el amor. Mi amorómetro oscila irremediablemente de un punto a otro, pero hace rato que esta separándose del norte de cursilería para indicar una dirección diferente. Una brújula que marca ligeramente al nor-oeste, eso es lo que tengo. Y es que me esta querienbdo decir: ¡Abajo el amor! (con asociación forzada a Renné Zellweger incluida).
Nada (se me pegó esta muletilla), es que me siento como popeye después de una sobre dosis de espinaca. YO todo lo puedo, YO lo soy todo, YO no necesito a nadie, YO ¿estoy en mis cabales? ... no lo sé. Lo que si sé es que se siente bien no depender de ese norte seductor y tramposo de conveniencias egoístas (no me odies si estas enamorado/a). Al menos por ahora.
He tenido acaloradas discusiones sobre el tema, pero también tengo avalanchas de testimonios desfavorables de los pobres incautos que le dieron pal norte sin mirar por donde y terminaron con un tobillo torcido, los mas graves con la pata rota y el corazón en la mano. (No, no voy a hablar de ninguno acá, trankas) Bueh, estarán esperando algún descargue personal que nooo va a llegar!
¿Es un estado de ánimo?¿es una filosofía?¿es tan asi? Probablemente no a todo lo anterior, solo recomiendo que usemos un poco el marote y no nos dejemos engatuzar por la parte esa de la que no nos gusta hablar cuando hablamos de "amor". y que tengamos en cuenta que nadie es imprescindible! y que no importa lo que hagamos el amor viene y se va y nadie muere de amor... a ver: NADIE muere de amor. el que se muere de amor en realidad se muere de boludo.
Espero no sonar como el Hitler del amor o algo asi. bue, mañana rindo un examen y estoy divagando con el amor, la brujula y Reneé Zellwager. Pésimo lo mio. mejor me voy a dormir unas horitas.

lunes, 22 de febrero de 2010

La Lluvia


LA LLUVIA (uno de mis cuentos favoritos)

La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
-¿Cuánto falta, teniente?
-No se. Un kilómetro, diez kilómetros, mil kilómetros.
-¿No está seguro?
-¿Cómo puedo estarlo?
-No me gusta esta lluvia. Si supiésemos, por lo menos, a qué distancia está la cúpula
solar, me sentiría mejor.
-Faltará una hora o dos.
-¿Lo cree usted de veras, teniente?
-¿O miente para animarnos?
-Miento para animarlos. ¡Cállese!
Los dos hombres estaban sentados bajo la lluvia. Detrás de ellos había otros dos,
empapados, cansados, derruidos, como arcilla deshecha.
El teniente abrió los ojos. Tenía una cara que alguna vez había sido morena. La lluvia la había blanqueado. La lluvia la había quitado el color de los ojos. Tenía los ojos blancos, blancos como los dientes, blancos como el pelo. El teniente era todo blanco. Hasta el uniforme se le estaba volviendo blanco, y quizá también un poco verde, a causa de los hongos.
El teniente sintió la lluvia en las mejillas.
-¿Cuándo habrá dejado de llover en Venus? Hace muchos años quizá.
-No desvaríe -dijo otro de los hombres-. En Venus nunca deja de llover. Llueve y llueve. He vivido aquí durante diez años, y no ha habido un minuto, ni siquiera un segundo, sin estos chaparrones.
-Como si viviéramos debajo del agua -dijo el teniente, y se incorporó ajustándose las
armas al cinturón-. Bueno, será mejor que sigamos. Pronto llegaremos a esa cúpula.
-O no llegaremos -dijo el cínico.
-Sólo falta una hora, más o menos.
-Ahora trata de mentirme a mí, mi teniente.
-No, me miento a mí mismo. A veces es necesario mentir. No aguantaré mucho más.
Los hombres se metieron en la selva, mirando sus brújulas de cuando en cuando. No
había ningún punto de referencia, sólo lo que señalaba la brújula. Un cielo gris, y la lluvia, y la selva, y algún claro entre los árboles, y detrás de ellos, muy lejos, en alguna parte, el cohete destrozado. El cohete en el que yacían dos de sus compañeros, muertos, y chorreando lluvia.
Los hombres caminaron en fila india, sin hablarse. De pronto, llegaron a la orilla de un río, ancho, aplastado y de aguas oscuras, que corría hacia el mar Único. La lluvia cubría la superficie del río con un billón de puntos.
-Vamos, Simmons -dijo el teniente.
Hizo una seña, y Simmons sacó un paquete que bajo la acción de alguna sustancia
química se infló hasta formar un bote. El teniente dirigió el corte de algunas maderas y la rápida construcción de unos remos y los hombres se lanzaron al río, remando rápidamente, a través de las aguas tranquilas, bajo la lluvia.
El teniente sintió la lluvia fría en las mejillas, en el cuello y en los móviles brazos. El frío le llegó a los pulmones. Sintió la lluvia en las orejas, en los ojos, en las piernas.
-No dormí nada anoche -murmuró.
-¿Quién pudo dormir? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cuántas noches sin sueño? ¡Treinta
noches! ¡Treinta días! ¿Quién puede dormir mientras la lluvia le rebota a uno en el
cráneo? No sé qué daría por un sombrero. Cualquier cosa, con tal de que la lluvia dejara de golpearme. Me duele la cabeza. Continuamente.
-Lamento haber venido a la China -dijo otro.
-Nunca oí que Venus se llamase la China.
-Sí, la China. La hidroterapia china. ¿No recuerdas aquella antigua tortura? Te atan
contra un muro. Cada media hora te cae una gota en la cabeza. Te vuelves loco esperando la próxima gota. Bueno, lo mismo pasa en Venus, sólo que en gran escala. No hemos nacido para vivir en el agua. No se puede dormir, no se puede respirar, y uno se vuelve loco al sentirse empapado. Si hubiésemos podido prever ese accidente, hubiéramos traído impermeables y sombreros. Lo peor es esta lluvia que te golpea la cabeza. Es tan pesada. Es como un cañonazo. No sé si podré aguantarlo mucho tiempo.
-Oh, ¡si encontráramos una cúpula solar! El hombre que inventó esas cúpulas tuvo una
buena idea.
Los hombres atravesaban el río, y pensaban, mientras tanto, en la cúpula solar que
estaba en alguna parte, ante ellos. Una cúpula resplandeciente bajo la lluvia selvática.
Una casa amarilla, redonda y brillante como el sol. Una casa de cinco metros de alto por treinta de diámetro. Calor, paz, comida caliente, y un refugio contra la lluvia. Y en el centro de la cúpula brillaba, es claro, el sol. Un globo de fuego amarillo que flotaba libremente en lo alto del edificio. Y mientras uno fumaba o leía o bebía el chocolate caliente con burbujas de crema, se podía mirar el sol. Allí estaba, amarillo, del mismo tamaño que el sol terrestre, cálido, continuo. Dentro de esa casa. mientras pasaban ociosamente las horas, era fácil olvidarse del mundo lluvioso de Venus.
El teniente se volvió y miró a los tres hombres que remaban apretando los labios.
Estaban tan blancos como setas, tan blancos como él. Venus lo blanqueaba todo en sólo
unos meses. Hasta la selva era un enorme papel blanco con unas pocas líneas un poco
menos blancas: un dibujo de pesadilla. Cómo podía ser verde, si no había sol, si la lluvia caía sin cesar en un permanente crepúsculo. La selva blanca, blanca, y las hojas del color del queso y la tierra como húmedos trozos de queso Camembert y los troncos de los árboles como tallos de setas gigantescas... todo negro y blanco. ¿Y cuándo veían el suelo? ¿No era casi siempre un arroyo, un pantano, un estanque, un lago, un río, y luego, por fin, el mar?
-Llegamos.
Los hombres saltaron a tierra, chapoteando. Desinflaron el bote e hicieron de él un
paquete. Luego, de pie junto a la orilla lluviosa, trataron de fumar. Pasaron unos cinco minutos antes que, estremeciéndose, con el encendedor invertido y protegido por las manos, pudieran aspirar unas pocas bocanadas de unos cigarrillos que se mojaban rápidamente y que una repentina ráfaga de lluvia les arrancaba de la boca.
Echaron a caminar.
-Un momento -dijo el teniente-. Creo haber visto algo ahí adelante.
-¿La cúpula solar?
-No estoy seguro. La lluvia se cerró en seguida.
Simmons comenzó a correr.
-¡Simmons, vuelva!
Simmons desapareció bajo la lluvia. Los otros lo siguieron.
Encontraron a Simmons en un claro de la selva. Se detuvieron y miraron a Simmons, y
lo que Simmons había descubierto.
El cohete. Allí estaba, donde lo habían dejado. Habían dado, de algún modo, una vuelta completa, y se encontraban otra vez en el punto dc partida. Entre los restos del cohete yacían los dos cadáveres. Unas algas verdes les salían de las bocas. Se quedaron mirándolos, y las algas florecieron. Los pétalos se desplegaron bajo la lluvia, y las plantas comenzaron a morir.
-¿Cómo hemos vuelto?
-Una tormenta eléctrica, probablemente. La electricidad desarregló nuestras brújulas.
Eso lo explica todo.
-Puede ser.
-¿Qué haremos ahora?
-Empezar de nuevo.
-¡Dios mío! ¡Estamos tan lejos como antes!
-Calma, Simmons.
-¡Calma, calma! ¡Esta lluvia me enloquece!
-Tenemos bastante comida como para dos días, si no nos excedemos.
La lluvia bailó sobre la piel de los hombres, sobre los trajes empapados. La lluvia les corrió por las narices y las orejas, por los dedos y las rodillas. Parecían unas fuentes de piedra rodeadas de árboles. Echaban agua por todos los poros.
Y mientras estaban allí, mirando el cohete, oyeron un lejano rugido.
Y el monstruo salió de la lluvia.
El monstruo se alzaba sobre un millar de eléctricas patas azules. Caminaba
rápidamente, terriblemente Cada paso era un golpe. Donde se posaba una pata, un árbol
caía fulminado. El aire se llenó de bocanadas de humo. La lluvia aplastaba las débiles humaredas. El monstruo tenía mil metros de altura y quinientos de ancho, e iba de un lado a otro como un gigante ciego. A veces durante unos instantes, no tenía ninguna pata. Y en seguida, en un segundo, mil látigos le salían del vientre, látigos azules y blancos que herían la selva.
-La tormenta eléctrica -dijo uno de los hombres-. Arruinó las brújulas. Y viene para
aquí.
-Échense todos -dijo el teniente.
-¡Corran! -gritó Simmons.
-No pierda la cabeza, Simmons. Échense. La tormenta sólo golpea los lugares
elevados. Quizá salgamos ilesos. Echémonos aquí, lejos del cohete. Descargará ahí toda su fuerza y pasará sin tocarnos. ¡Cuerpo a tierra!
Los hombres se echaron al suelo.
-¿Viene? -se preguntaron después de un rato.
-Viene.
-¿Está cerca?
-A unos doscientos metros.
-¿Más cerca?
-¡Aquí está!
El monstruo llegó y se detuvo sobre ellos. Diez relámpagos azules golpearon el cohete. La nave se estremeció como un gong y dejó escapar un eco metálico. El monstruo lanzó otros quince relámpagos que bailaron alrededor del cohete, en una ridícula pantomima, palpando la selva y el suelo barroso.
-¡No! ¡No!
Uno de los hombres se puso de pie.
-¡Échese, idiota! -le gritó el teniente.
-¡No!
Los relámpagos golpearon la nave una docena de veces. El teniente volvió la cabeza
sobre el brazo y vio las enceguecedoras llamaradas azules. Vio cómo se abrían los
árboles y caían en pedazos. Vio la monstruosa nube oscura que giraba como un disco
negro y arrojaba otro centenar de lanzas eléctricas.
El hombre que se había puesto de pie corría ahora, como por una sala de columnas.
Corría zigzagueando entre ellas, hasta que al fin doce de esas columnas se abatieron
sobre él, y se oyó el sonido de una mosca que se posa sobre un alambre incandescente.
El teniente había oído ese sonido en su infancia, en una granja. Y en seguida se sintió el olor de un hombre reducido a cenizas.
El teniente bajó la cabeza.
-No miren -les dijo a los otros.
Tenía miedo de que también ellos echaran a correr.
La tormenta descargó sobre los hombres una nueva serie de relámpagos, y luego se
alejó. Y otra vez volvió a sentirse sólo la lluvia. El agua limpió el aire rápidamente y borró el olor de la carne chamuscada. Y los tres sobrevivientes se sentaron a esperar a que se les calmaran los sobresaltados corazones.
Luego se acercaron al cuerpo, pensando que quizá podrían salvarle la vida. No podían
creer que no fuese posible ayudarlo. Era una actitud natural. No admitieron la muerte
hasta que la tocaron, pensaron en ella, y empezaron a discutir si debían enterrar el
cadáver o dejarlo allí para que la selva misma lo sepultara con las hojas que crecerían en no más de una hora.
El cuerpo del hombre era un hierro retorcido envuelto en un cuero chamuscado.
Parecía un maniquí de cera, metido en un incinerador y retirado en seguida, cuando la
cera comenzaba a aplastarse alrededor del esqueleto de carbón. Sólo la dentadura era
blanca. Los dientes brillaban como un raro brazalete blanco, caído a medias sobre un
puño apretado y negro.
-No debió correr -dijeron todos, casi al mismo tiempo.
Y mientras miraban el cadáver, la vegetación creció rápidamente a su alrededor,
ocultándolo con hiedras, enredaderas y hasta flores para el hombre muerto.
A lo lejos, la tormenta corrió sobre relámpagos azules, y desapareció.
Los hombres cruzaron un río, y un arroyo, y un torrente, y otros doce ríos, y más
torrentes y arroyos. Nuevos ríos nacían continuamente ante sus ojos, y los viejos ríos alteraban su curso... Ríos del color del mercurio, ríos del color de la plata y la leche. Los ríos corrían hacia el mar.
El mar Único. En Venus sólo había un continente. Una tierra de cuatro mil kilómetros de largo por mil kilómetros de ancho, y alrededor de esta isla, sobre el resto del lluvioso planeta, se extendía el mar Único. El mar Único, que golpeaba levemente las costas pálidas...
-Por aquí. -El teniente señaló el sur-. Podría asegurar que allá hay dos cúpulas solares.
-¿Ya que empezaron por qué no construyeron cien cúpulas más?
-Hay ciento veinte cúpulas, ¿no?
-Ciento veintiséis, hasta el mes pasado. Hace un año trataron de que el Congreso
votara una ley para construir otras dos docenas; pero, oh, no, ya conocen la musiquita. Prefirieron que la lluvia enloqueciera a algunos hombres.
Partieron hacia el sur.
El teniente y Simmons y el tercer hombre, Pickard, caminaron bajó la lluvia. bajo la
lluvia que caía pesadamente y dulcemente, bajo la lluvia torrencial e incesante que caía a martillazos sobre la tierra y el mar y los hombres en marcha.
Simmons fue el primero en verla.
-¡Allá está!
-¿Qué?
-¡La cúpula solar!
El teniente parpadeó sacándose el agua de los ojos, y alzó las manos para protegerse
de las mordeduras de la lluvia.
A lo lejos, a orillas de la selva, junto al océano, se veía un resplandor amarillo. Se trataba, indudablemente, de una cúpula solar.
Los hombres se sonrieron.
-Parece que tenía razón, teniente.
-Suerte.
-Oigan, al verla me siento otra vez lleno de vida.
-¡Vamos! ¡El último en llegar es un hijo de perra!
Simmons comenzó a trotar. Los otros lo siguieron automáticamente, sin aliento,
cansados, pero sin dejar de correr.
-Para mí un tazón de café -jadeó Simmons, sonriendo-. Y una hornada de pan, ¡dioses!
Y luego acostarse y dejar que el sol caiga sobre uno. ¡El hombre que inventó la cúpula solar merece una medalla!
Corrieron con mayor rapidez. El resplandor amarillo se hizo aún más brillante -¡Pensar
que tantos hombres enloquecen antes de encontrar el remedio! Y sin embargo es tan
sencillo. -Las palabras de Simmons siguieron el ritmo de sus pasos-. ¡Lluvia, lluvia! Hace años. Encontré‚ un amigo. En la selva. Caminando. Bajo la lluvia. Diciendo una y otra vez:
«No sé qué hacer, para salir, de esta lluvia. No sé qué hacer, para salir, de ésta lluvia. No sé qué hacer...» Y así seguía. Sin detenerse. Pobre loco.
-¡Ahórrese fuerzas!
Los hombres corrieron..
Todos se reían. Llegaron, riéndose, a la puerta de la cúpula solar.
Simmons empujó la puerta.
-¡Eh! -gritó-. ¡Traigan el café y los bizcochos!
Nadie respondió.
Los hombres atravesaron el umbral.
La cúpula estaba desierta y en sombras. Ningún sol sintético flotaba, con su silbido de gas, en lo alto del cielo raso azul. Ninguna comida estaba esperando. En la habitación reinaba el frío, como en una tumba. Y a través de mil agujeros, abiertos recientemente en el techo, entraba el agua, y las gotas de lluvia empapaban las gruesas alfombras y los pesados muebles modernos, y estallaban sobre las mesas de vidrio. La selva crecía en la habitación, como un musgo, en lo alto de las bibliotecas y en los hondos divanes. La lluvia se introducía por los agujeros y caía sobre los rostros de los tres hombres. Pickard empezó a reírse dulcemente.
-Cállese, Pickard.
-Oh, dioses, miren lo que estaba esperándonos... Nada de sol, nada de comida, nada.
¡Los venusinos! ¡Por supuesto! ¡Es obra de ellos!
Simmons asintió con un movimiento de cabeza. El agua le corrió por el pelo plateado y
por las cejas blancas.
-Una vez cada tanto los venusinos salen del mar y atacan las cúpulas. Saben que si
acaban con las cúpulas acabarán también con nosotros.
-¿Pero las cúpulas no están protegidas con armas?
-Por supuesto. -Simmons se dirigió hacia un lugar un poco menos mojado que los
otros-. Pero desde el último ataque han pasado cinco años. Se descuidaron las defensas.
Sorprendieron a estos hombres.
-¿Pero dónde están los cadáveres?
-Los venusinos se los llevaron al mar. He oído decir que lo ahogan a uno con un
método delicioso. Tardan cuatro horas. Realmente delicioso.
Pickard se rió.
-Apuesto a que aquí no hay comida.
El teniente frunció el ceño y señaló a Pickard con un movimiento de cabeza, mirando a
Simmons. Simmons hizo un gesto y entró en un cuarto, a un lado de la sala redonda. En
la cocina había mojadas rodajas de pan y trozos de carne donde crecía un vello verde.
La lluvia entraba por unos agujeros abiertos en el techo.
-Magnífico. -El teniente miró los agujeros-. Me parece que no podríamos tapar esos
agujeros e instalarnos aquí.
-¿Sin comida, señor? -gruñó Simmons-. La máquina solar está rota. Sólo nos queda
buscar la próxima cúpula. ¿Está muy lejos?
-No mucho. Recuerdo que en esta región construyeron dos no muy alejadas la una de
la otra. Quizá si esperásemos aquí, una dotación de la otra cúpula podría...
-Ya han estado aquí probablemente. Enviarán algunos hombres para reparar el lugar
dentro de unos seis meses, cuando el Congreso vote el dinero. Me parece que no nos
conviene esperar.
-Muy bien. Entonces nos comeremos el resto de las raciones y nos pondremos en
seguida en camino.
-Si por lo menos la lluvia no me golpeara la cabeza -dijo Pickard-. Sólo por unos
minutos... Si pudiera recordar en qué consiste sentirse tranquilo. -Pickard se apretó la
cabeza con ambas manos-. Recuerdo que cuando iba a la escuela un granuja que se
sentaba detrás de mí me pinchaba y me pinchaba y me pinchaba cada cinco minutos,
todo el día. Y así durante semanas y meses. Yo tenía siempre los brazos lastimados, con
manchas negras o azules y pensaba que esos pinchazos terminarían por volverme loco.
Un día, perdí la cabeza y me volví en mi asiento con una escuadra de metal que usaba en
las clases de dibujo técnico, y casi lo mato a aquel bastardo. Casi le saco la cabeza. Casi
le arranco un ojo. Me echaron de la clase, mientras yo gritaba: «¿Por qué no me deja
tranquilo? ¿Por qué no me deja tranquilo?» -Pickard se apretaba los huesos de la cabeza
con ambas manos. Cerraba los ojos-. ¿Pero qué puedo hacer ahora? ¿A quien voy a
golpear, a quién le diré que se vaya, que deje de molestarme? ¡Esta lluvia maldita, como
aquellos pinchazos, siempre sobre uno! ¡No se oye nada más! ¡No se siente nada más!
-Llegaremos a la otra cúpula solar a las cuatro de la tarde.
-¿Cúpula solar? ¡Miren ésta! ¿Y si todas las cúpulas de Venus estuviesen así, eh? ¿Y
si hubiese agujeros en todos los techos? ¿Y si entrara la lluvia en todas las cúpulas?
-Tenemos que correr ese riesgo.
-Estoy cansado de correr riesgos. Sólo quiero un techo y un poco de descanso. Que
me dejen en paz.
-Llegaremos dentro de ocho horas, si aguanta hasta entonces.
-No se preocupen. Aguantaré muy bien -dijo Pickard y se echó a reír sin mirar a sus
compañeros.
-Comamos -dijo Simmons, observándolo.
Caminaron por la costa, siempre hacia el sur. A las cuatro horas tuvieron que internarse
en la selva para evitar un río de más de un kilómetro de ancho, y de aguas demasiado
rápidas. Recorrieron unos ocho kilómetros y llegaron a un sitio en que el río surgía
abruptamente de la tierra, como de una herida mortal. Volvieron al océano bajo la lluvia.
-Tengo que dormir -dijo Pickard al fin. Se derrumbó-. No he dormido en cuatro
semanas. He probado, pero no puedo. Durmamos aquí.
El cielo estaba oscureciéndose. Caía la noche en Venus, una noche tan negra que todo
movimiento parecía peligroso. Simmons y el teniente cayeron también de rodillas.
-Bueno -dijo el teniente-, veremos qué se puede hacer. Ya lo hemos intentado antes,
pero no sé... Este clima no parece invitar al sueño.
Los hombres se tendieron en el barro, tapándose las cabezas para que el agua no les
entrara por las bocas. Cerraron los ojos. El teniente se estremeció.
No podía dormir.
Algo le corría por la piel. Algo crecía sobre él, en capas. Caían unas gotas, sobre otras gotas, y todas se unían formando unos hilos de agua que le corrían por el cuerpo. Y mientras, las raíces de las plantas se le metían en la ropa. Sintió que la hiedra lo cubría con un segundo traje; sintió que los capullos de las florecitas se abrían, y que caían los pétalos. Y la lluvia seguía y seguía, golpeándole el cuerpo y la cabeza. En la noche luminosa (pues la vegetación brillaba ahora en la oscuridad) podía ver las figuras de los
otros dos hombres, como troncos caídos cubiertos por un manto de hierbas y flores. La
lluvia le golpeó la cara. Se cubrió la cara con las manos. La lluvia le golpeó entonces el cuello. Se volvió boca abajo, en el barro, entre las plantas de tejidos elásticos, y la lluvia le golpeó la espalda y las piernas.
El teniente se incorporó y comenzó a sacudirse el agua del cuerpo. Mil manos lo
estaban tocando, y no quería que lo tocaran. Ya no lo aguantaba más. Trastabilló y chocó contra alguien. Era Simmons, de pie bajo la lluvia. Simmons escupía, tosía y estornudaba.
Y en seguida Pickard, gritando, se incorporó y echó a correr.
-¡Un momento, Pickard!
-¡Basta! ¡Basta! -gritaba Pickard. Disparó seis veces su arma contra el cielo de la
noche. En el resplandor de la pólvora, durante un instante, con cada detonación, los
hombres pudieron ver ejércitos de gotas de lluvia. como incrustadas en una vasta e
inmóvil piedra de ámbar, como sorprendidas por la explosión. Quince billones de gotitas, quince billones de lágrimas, quince billones de joyas en una vitrina forrada de terciopelo blanco. Y luego, cuando la luz desapareció, las gotas que se habían detenido para ser fotografiadas, que habían suspendido su rápido descenso, cayeron sobre los hombres, como una nube de voraces insectos, fría y dolorosa.
-¡Basta! ¡Basta!
-¡Pickard!
Pero Pickard ya no se movía.
El teniente encendió una linterna e iluminó el rostro húmedo de Pickard. El hombre
tenía los ojos desorbitados y la boca abierta, y el rostro vuelto hacia arriba, de modo que
el agua le golpeaba la lengua y le estallaba en la boca, y le lastimaba y le mojaba los ojos abiertos, y le salía en burbujas de la nariz como un murmullo espumoso.
-¡Pickard!
Pickard no contestó. Se quedó allí, sin moverse, mientras las pompas de la lluvia se
rompían sobre su pelo descolorido, y los collares y las pulseras del agua se le
desprendían del cuello y las muñecas.
-¡Pickard! Nos vamos. Síganos.
La lluvia resbalaba por las orejas de Pickard.
-¿Me oye, Pickard?
Como si estuviese gritando dentro de un pozo.
-¡Pickard!
-Déjelo -murmuró Simmons.
-No podemos seguir sin él.
-¿Y qué vamos a hacer? ¿Llevarlo a la rastra? -exclamó Simmons-. Será totalmente
inútil. Tanto para él como para nosotros. ¿Sabe qué hará? Se quedará ahí hasta
ahogarse.
-¿Qué?
-Debía saberlo. ¿No conoce la historia? Se quedará ahí, con la cabeza levantada, y
dejará que el agua le entre por la nariz y la boca. Respirará agua.
-No.
-Así lo encontraron al general Mendt. Sentado en una roca, con la cabeza echada hacia
atrás, respirando lluvia. Tenía los pulmones llenos de agua.
El teniente volvió a iluminar aquel rostro inmóvil.
De la nariz de Pickard salía un sonido húmedo.
-¡Pickard! -El teniente lo abofeteó.
-No puede sentirlo -dijo Simmons-. Unos pocos días bajo esta lluvia y uno ya no tiene ni cara ni piernas ni manos.
El teniente se miró horrorizado la mano. No la sentía.
-Pero no podemos dejarlo aquí.
-Le enseñaré qué podemos hacer.
Simmons disparó su arma.
Pickard cayó en un charco.
-No se mueva, teniente -dijo Simmons-. Tengo el arma cargada. Reflexione. Pickard se
hubiese quedado ahí, de pie o sentado, hasta ahogarse. Esto es más rápido.
El teniente miró parpadeando el cuerpo de Pickard.
-Pero usted lo mató.
-Sí, porque se hubiese convertido en una carga, y hubiese terminado con nosotros. ¿Le
vio la cara? Estaba loco.
Pasó un rato, y al fin el teniente asintió.
-Bueno.
Los dos hombres volvieron a caminar bajo la lluvia.
En la noche sombría, las linternas lanzaban unos rayos que apenas atravesaban la
lluvia. Después de media hora tuvieron que detenerse devorados por el hambre, y esperar la llegada del alba. Cuando amaneció, la luz era gris, y seguía lloviendo. Los hombres se pusieron otra vez en camino.
-Hemos calculado mal -dijo Simmons.
-No. Falta una hora.
-Hable más fuerte. No puedo oírlo. -Simmons se detuvo y sonrió-. Por Cristo -dijo, y se tocó las orejas-. Mis orejas. Ya no las tengo. Esta lluvia me pelará hasta los huesos.
-¿No oye nada? -dijo el teniente.
-¿Qué? -Los ojos de Simmons parecían asombrados.
-Nada. Vamos.
-Creo que esperaré aquí. Siga usted adelante.
-No puede hacer eso.
-No lo oigo. Siga usted. No puedo más. No creo que haya una cúpula por estos lados.
Y si la hubiese, tendrá probablemente el techo lleno de agujeros, como la otra. Creo que voy a sentarme.
-¡Levántese, Simmons!
-Hasta luego, teniente.
-¡No puede abandonar ahora!
-Tengo un arma que dice que sí. Ya nada me importa. No estoy loco todavía, pero no
tardaré mucho en estarlo. Y no quiero morir de ese modo. Tan pronto como usted se aleje dispararé contra mí mismo.
-¡Simmons!
-Oiga, es cuestión de tiempo. Morir ahora o dentro de un rato. ¿Qué le parece si al
llegar a la próxima cúpula se encuentra con el techo agujereado? Sería magnífico, ¿no?
El teniente esperó un momento, y al fin se fue, chapoteando bajo la lluvia. Se volvió
una vez y llamó a Simmons, pero el hombre siguió allí, con el arma en la mano,
esperando a que el teniente se perdiera de vista. Simmons sacudió la cabeza y le hizo
una seña como para que siguiera caminando.
El teniente no oyó ni siquiera la detonación.
Mientras caminaba masticó unas flores. No eran venenosas ni tampoco muy nutritivas.
Las vomitó un minuto después.
Trató de hacerse un sombrero con hojas. Pero ya lo había intentado otras veces. La
lluvia le disolvió las hojas sobre la cabeza. Desprendidas de sus tallos las hojas se le pudrían rápidamente entre los dedos, transformándose en una masilla gris.
-Otros cinco minutos -se dijo a sí mismo-. Otros cinco minutos y luego me meteré en el mar y seguiré caminando. No estamos hechos para esto. Ningún terrestre ha podido ni podrá soportarlo. Los nervios, los nervios.
Avanzó tambaleándose por un mar de fango y follaje, y subió a una loma.
A lo lejos, entre los finos velos del agua, se veía una débil mancha amarilla.
La otra cúpula solar.
A través de los árboles, muy lejos, un edificio redondo y amarillo. El teniente se quedó mirándolo, tambaleante.
Echó a correr. y volvió a caminar. Tenía miedo. ¿Y si fuese la misma cúpula? ¿Y si
fuese la cúpula muerta, sin sol?
El teniente resbaló y cayó al suelo. Quédate ahí, pensó. Te has equivocado. Todo es
inútil. Bebe toda el agua que quieras.
Pero se incorporó otra vez. Cruzó varios arroyos, y el resplandor amarillo se hizo más intenso, y echó a correr otra vez, quebrando con sus pisadas espejos y vidrios, y lanzando al aire, con el movimiento de los brazos, diamantes y piedras preciosas.
Se detuvo ante la puerta amarilla donde se leía CÚPULA SOLAR. Extendió una mano
entumecida y la tocó. Movió el pestillo y entró, tambaleándose.
Miró a su alrededor. Detrás de él, en la puerta, los torbellinos de la lluvia. Ante él, sobre una mesa baja, un tazón plateado de chocolate caliente, humeante, y una fuente llena de bizcochos. Y al lado, en otra fuente, sándwiches de pollo y rodajas de tomate y cebollas verdes. Y en una percha, el frente, una gran toalla turca, verde y gruesa, y un canasto para guardar las ropas mojadas. Y a la derecha, una cabina donde unos cálidos rayos secaban todo, instantáneamente. Y sobre una silla, un uniforme limpio que esperaba a alguien, a él o a cualquier otro extraviado. Y allá, más lejos, el café que humeaba en recipientes de cobre, y un fonógrafo del que nacía una música serena, y unos libros encuadernados en cuero rojo o castaño. Y cerca de los libros, un sofá blando y hondo donde podía acostarse, desnudo, a absorber los rayos de ese objeto grande y brillante que dominaba la habitación.
Se llevó las manos a los ojos. Vio a otros hombres que se acercaban a él, pero no les
dijo nada. Esperó, abrió los ojos y miró. El agua le caía a chorros del uniforme y formaba un charco a sus pies. Sintió que el pelo, la cara, el pecho, los brazos y las piernas se le estaban secando.
El teniente miraba el sol.
El sol colgaba en el centro del cuarto, grande y amarillo, y cálido. Era un sol silencioso, en una habitación silenciosa. La puerta estaba cerrada y la lluvia era sólo un recuerdo para su cuerpo palpitante. El sol estaba allá arriba, en el cielo azul de la habitación, cálido, caliente, amarillo, y hermoso.
El teniente se adelantó, arrancándose las ropas.

Ray Bradbury (El hombre ilustrado)

martes, 16 de febrero de 2010

El castillo que hizo PLAFF!




Había una vez, en un reino muy lejano (tan pero tan lejano, que lo llamaremos “Reino Lejano”), un Rey muy pero muy bueno (tan pero tan bueno que lo llamaremos “Buenazo”). Buenazo quería mucho a sus súbditos, y ellos también lo amaban, porque era muuuy bueno con ellos. El Rey ofrecía grandes banquetes al pueblo. Vagabundos nunca se veían en Reino Lejano (Ni siquiera aparecía la palabra en el diccionario). Buenazo Tenía un solo hijo: Buenito.(Que de buenito no tenia nada).
Todos amaban a Buenazo. Hasta que un día un niño le contó un chiste muuuy pero muuuy gracioso al rey (era tan gracioso que no lo puedo decir). El Rey lo escucho muy alegre, y rió. Rió tanto, tanto que murió, murió de alegría.
Los súbditos que estaban presentes reían tanto que no podían hacer nada por el rey. Entonces llegó Buenito. Al ver la situación se enojo tanto que mando a matar al niño y los súbditos presentes. Y emitió un decreto que prohibía reír y mucho menos contar chistes en lugares públicos. No lloró mucho a su padre. Porque estaba muy ocupado haciendo reformas en Reino Lejano.
El nuevo rey impuso el doble de horas de trabajo a los Lejanenses y aumento los impuestos en un cuatrocientos porciento. La gente ya no era feliz en Reino Lejano. Buenito multiplico los ingresos del gobierno (en realidad sus propios ingresos) y no usaba un centavo para mejorar Reino Lejano, mas bien agrandaba mas y mas el castillo donde vivía.
Un día salió de su castillo a pedirle a la gente que le besara los pies. Entonces vio a una linda jovencita Lechera. Le pidió que se casara con el. Por supuesto Lidia (que así se llamaba la jovencita) se negó a esposarse de ese hombre avaro y falto de corazón. ¿Qué hizo Buenito? Lo que hace todo rico malcriado cuando no le dan lo que quiere. Lo compra. Así la pobre Lidia tuvo que ir a vivir al castillo con Buenito contra su voluntad.
Buenito contento mando ampliar mas y mas el castillo. Cuando Lidia entro por primera vez quedo boquiabierta (tan pero tan abierta que la lengua colgaba como un péndulo). Pidió un mapa al sirviente mas cercano y se fue a su habitación. Cuando llegó los ojos le brillaban. Su habitación era tan grande que si corría de una punta a la otra, tenia que hacer una pausa a mitad de camino para recuperar fuerzas. La cama era importada de la india fabricada en marfil macizo de elefantes rosados. Las paredes estaban bañadas en oro. Las manijas de las puertas eran de oro. Los resortes del colchón eran de oro. Las perchas del vestidor eran de oro, las teclas del teléfono eran de oro, hasta el filamento de las lamparillas era de oro.
Lidia miro cuidadosamente cada detalle hasta que un sirviente le aviso que el rey quería que bajara a cenar. Lidia bajo con la ayuda del mapa y allí estaba, el comedor. La mesa era tan grande que no podía ver si el rey ya estaba sentado en el otro extremo o si todavía no había llegado. Colgando sobre la mesa grandes arañas de diamantes. La silla era de oro puro con tantas incrustaciones de diamantes que pinchaban al sentarse. A los lados hermosos ventanales que daban a un exótico parque plagado de animales que Lidia ni siquiera se había imaginado que existían. Se sentó y de repente sonó el teléfono que estaba sobre la mesa. Era Buenito que llamaba desde el otro extremo de la mesa. Luego de que el rey le deseara una agradable velada llegó la comida. Tan elaborada que ni siquiera sabia que estaba comiendo. El chef le dijo que era una carne muy preciada de un animal extinto hace años conservada de una extraña manera. El problema era que el tenedor tenia tantas incrustaciones de piedras preciosas que no se podía pinchar la comida con el. Así que Lidia comió con la mano. Total, el rey no la podía ver. Cuando fue a limpiarse las manos vio que las servilletas estaban hechas con billetes de cien pesos. En realidad toda la habitación estaba empapelada de billetes de cien pesos. En el centro de la mesa una obra de arte tan pero tan preciosa que no se la podía mirar por mucho tiempo. De hecho era tan pero tan cara que el artista acepto firmar el contrato que estipulaba su muerte después de hecha la obra de arte, para asegurarse de que jamas se hiciera una obra parecida.
Lidia no estaba acostumbrada a tanto lujo, ella era una chica de campo, pero no tardo mucho en volverse amargada y avarienta como Buenito. Ambos, Rey y Reina hacían lo que querían con la gente de Reino Lejano. La gente estaba flaca, porque comía poco. Estaban cada vez mas pobres. Tan pero tan pobres que Buenito tenia miedo de que le entraran a robar. Por eso un día comenzó a levantar una enorme verja alrededor del castillo. La verja tenia cinco metros de alto y era de hierro muy macizo. La única persona que podía abrirla era Buenito, con un botón implantado en su mano izquierda. Además mando a traer dos leones salvajes del África que serían soltados en caso de emergencia por el único mayordomo del castillo, un pobre señor que solo podía pensar cosas buenas. Si pensaba en robar o hacerle daño de algún modo al Rey y la Reina, un chip insertado en su cabeza daba un impulso eléctrico que detonaba un pequeño explosivo ubicado en la ventricula derecha de su corazón provocándole una muerte súbita. Por las dudas, si el mayordomo moría, había un control remoto que abría y cerraba la jaula de los leones.
Así, Buenito y Lidia fueron haciéndose mas y mas obsesionados con esto de la seguridad, poco a poco fueron quedándose solos. El rey ya no hacía banquetes por miedo a que le robaran. Hasta Lidia dejó de recibir a sus amigos en el castillo por desconfianza. Hasta habían mandado a diseñar un sistema de “Encierro hermético absoluto”, que consistía en el sellado automático de las puertas del castillo con brea de secado rápido que se activaba con el sonido de la alarma e impedía al ladrón salir de la habitación.
Un buen día, el aniversario de bodas de Buenito y Lidia, organizaron una cena especial a la luz de la vela (para ellos solos, por supuesto ). Brindaron por la plata que habían ganado desde que se habían casado, y empezaron a planear que nueva habitación iban a anexar al castillo. El observatorio ya estaba terminado, igual el teatro y el acuario privados. Tanto pensaron, tanto pensaron que no se dieron cuenta de que las velas se habían consumido casi por completo y que el delicado mantel de plumas de pavo real alvino se estaba prendiendo fuego al otro extremo de la mesa. El fuego se hacia cada vez mas ardiente, hasta que sonó la alarma. Lidia volteo horrorizada. Ella y el Rey corrieron a la salida mas cercana, pero la habitación era tan grande que cuando llegaron ya se había activado el sistema de “Encierro hermético absoluto” Dado que la pared estaba tapizada de billetes de cien pesos se consumía como leña seca.
El mayordomo ni bien escucho la alarma dejo la cocina y soltó los leones. Lidia y Buenito querían tirar algún objeto contra el vidrio para romperlo, pero todo tenía tanto oro que era imposible de levantar. No sabían que hacer, pero allí venia el mayordomo de la cocina corriendo con el delantal todavía colocado ¡y hasta con la cuchilla en la mano! Rompió el vidrio con una roca y entró. Tomo a Lidia y la saco por el hueco cuidadosamente, el cristal estaba trizado y era tan grueso que, si se desmoronaba, podía matarlos a los tres. Paso Lidia lentamente. Fue el turno del Rey. Pero su panza gorda de tanta vida fácil se atoró y comenzó a trizar mas y mas el cristal. El mayordomo se corrió hacia atrás y una parte del cristal se desmoronó. ¡La mano izquierda del Rey quedó completamente aplastada entre cristales! – “¡¡Córteme la mano con el cuchillo AHORA!!”- Grito al mayordomo. Ni bien el mayordomo levanto el cuchillo la bomba de su ventricula se accionó y murió. El fuego comenzó a quemar a Buenito y este en un intento desesperado por escapar zarandeo el cristal que se desmorono completamente sobre el.
Lidia horrorizada abrió desmesuradamente la boca - ¡¡ NOOOOOOO!!, Mi vestido Verssalle se arruino con sangre!! Ni bien oyó la sirena de los bomberos, Lidia corrió hacia la puerta de la verja. Pero los bomberos no podían entrar. La verja estaba cerrada. Se detuvo unos segundos y contemplo melancólica como el castillo hizo ¡PLAFF!, entonces recordó que el único interruptor que la abría estaba en la mano izquierda de su esposo, inutilizable. Se desanimo un poco al recordarlo, pero ni bien vio a los dos leones salvajes corriendo hacia ella por el parquizado comenzó a rasguñar el hierro de la verja desesperada. Corrió por el limite de la verja gritando a voz en cuello que alguien la ayudara . Pero los bomberos no podían colocar la escalera, ya que la verja era demasiado alta para ello. Lidia se descarnó las uñas en el hierro en un frenético intento final de salvar su vida. Los bomberos cerraron los ojos ante la escena, y otros se taparon los oídos para no oír los desgarradores alaridos de la Reina, cuya imagen se iba desfigurando entre las fauces de los leones.

(Basado en el cuento de María Elena Walsh)

sábado, 13 de febrero de 2010

Los Durazneros de Durham


Los Durazneros de Durham

Dos durazneros dormidos durante decenios despertaron en Durham. Dieron dobles dosis de duraznos de diversos diámetros. Decenas de Durhamenses declararon decididos que dichos duraznos deambulaban. Dos doctores dudaron del declarado dinamismo de dichos duraznos. Decidieron dilucidar dicho debate dirigiéndose a Durham dispuestos a demostrar la decadencia de la disparatada discusión. Dos días después dieron con dos durazneros debiluchos, deshojados y deficientes. Defraudados y disgustados debido a la donosidad de los Durhamenses desistieron de dirigirse a Durham y durmieron debajo del duraznero derecho.
Despertaron derrochando dundera. Divisaban descreídos una disparidad degenerativa desconcertante. Duraznos de distintos diámetros en el duraznero derecho y decadencia diametral en el duraznero deferente. Describieron después de días los dos doctores: “Duraznos daba el duraznero derecho, de deambular desordenadamente dichos duraznos durante el día… decididamente denegado”.
Después de dramáticos debates decidieron dormir debajo del duraznero deficiente.
Despertaron despejando dudas. La disparidad desconcertante se demostró en el duraznero deferente. Desdichados doctores se desentendieron de dogmas dominantes y deliraron divagando sobre Dríada, duendes y druidas. Al fin decidieron degustar delicadamente dos duraznos… Deliciosos! Devoraron desquiciados diez duraznos, doce duraznos. Después de dieciocho duraznos, los dos doctores divisaron decenas y decenas de dromedarios deslizándose de lado desde dunas de dados y doblando dedos con los dientes. Despavoridos dispararon delirantes. Divisaron ahora doscientos dinosaurios deformados demoliendo divanes dorados. Dios! duraznos drogones! Dijeron los dos. Después dirigieron denuestos denigrantes a los Durhamenses. Definitivamente drogados! Dirimieron diplomáticos.
Después discernieron que el dichoso dinamismo de los duraznos se debía a Durhamenses drogados de Duraznos. Discurrían demenciales disertando distorsionados discursos de duraznos disparatados. Despojados de decencia no discreparon al decidir dar dignas disculpas a los Durhamenses. Los dos doctores dejaron discretamente Durham, dotados con decenas de duraznos.

jueves, 11 de febrero de 2010

Cofre




Soy un cofre de algo?
Me miro adentro, a través de estos escritos
Busco apasionadamente algo, no se que.
Una esencia que me ponga al descubierto.
Algo que me haga ver en tres dimensiones.

Es que somos curiosos, nos inquieta la certeza,
de no llegar a conocernos jamás.
Nos arde la finitud. Nos volcamos lentamente en un vacío,
del que no podemos volver.

Volamos con los sentidos a parajes extraños. Me encanta.
Los estados mas grandiosos del hombre se logran sin espectadores,
No busques varón incauto, tu grandeza en la aprobación ajena.

Desconexión


.

Afilo mis garras, siento que vuelo
Vibra el plumaje de mis construcciones solidas
Explota la arteria que me nutre, que me ata
Caigo cual feto marchito, por barrancos azules
Hundo mis narices en la oscuridad y actuó ciegamente
Establezco mi morada entre la humedad de la tierra
Escarbo por alimento junto a las cucarachas,
Y encuentro peculiares manjares, tóxicos, deliciosos.
La penumbra me emociona. No veo, solo siento.
Las raíces rozan mis ojos y el musgo mis mejillas.
Pienso hacer una cueva e invernar, para siempre
Ahora que me quedan pocas horas de vida.
Cavo, me hundo, rio. Debo ser rápido, el alba se acerca
La luz me marchita, me nutre, me ata.
Necesito morir, en estas tierras profanas.


.

Lugares Comunes


Reconozco la necesidad de oír. Porque la conozco, la creo. Gota de agua en mares perversos. Salto. Ingreso en pequeños mundos verdes. Me refugio. Oigo el silencio. Siento. Tengo cosas que no existen y tejo una cueva, bajo una noche estrellada. Seguros y queridos refugios subterráneos. Me miro los pies. Celebro la inocencia y como miel.

miércoles, 10 de febrero de 2010

Desconocidos


Ella se acercó tímidamente. El la miro un instante. Era bella. El modo en que se sonrojaba y el contoneo de su cuerpo le decia mucho. Sonrió a unos metros y ella jugueteo con sus ojos. Se acercaron. Ella estaba algo nerviosa, solo lo había visto un minuto en la avenida ayer. Él la halagó. Ella hizo lo propio. Caminaron. Ella le hablo de su actual primer trabajo, el le dijo que estaba estudiando. Ella rió. Tomo su mano. Le pregunto si se sentía incómoda; dijo que no. Sintió su mano cálida sobre su piel y rozó su vello con las uñas. El sintió cosquillas. Era un caballero.
Entraron a tomar un café. El le preguntó sobre su familia. Ella se entristeció un poco. Mencionó que su madre no estaba muy bien de salud. Su padre no estaba con ellos. Bebieron en silencio. Estaban en una mesa más bien apartada del bar. El la aburrió brevemente hablándole de sus estudios. Pagaron. Salieron. Los oficinistas volvían a sus casas. Decidieron caminar un rato por la plaza, las luces ya estaban encendidas, el clima era agradable.
Ella sintió que lo quería. El la vio tan delicada, procedía con cautela, pues no quería perderla. Se abstrajeron un sus pensamientos mirándose. Rieron a los segundos, dándose cuenta de la situación. La conexión era autentica. Sonó el celular de ella. Atendió. Se rompió, el la sostuvo. Su madre había muerto. El no lo sabía. Ella solo lloraba y miraba hacia los lados, como desconociendo el lugar, lo que la rodeaba. “No puede ser” repetía. “me tengo que ir”. El comprendió. Se resolvió a no dejar sola a esa criatura dócil y vulnerable. Se comprometió internamente a protegerla como pudiera de los vientos del dolor. Ella encontró le calidez de un alma gemela en sus ojos. Supo que era verdadero. Se aferró a el como si fuera lo último que le quedaba. Se hicieron uno.

Algo sobre "todo sobre mi madre"

Acabo de ver esta excelente película de Almodóvar, "todo sobre mi madre" y después de una muy breve digestión con componente lacrimógeno incluido me dispongo a comentar algunos sabores que me ha dejado el film.
En el film se ve como Manuela (Cecilia Roth) pierde a su hijo de 17 años en un accidente, y uno pensaría que con esa situación bastaría para que la película se desarrollara, sin embargo Almodóvar se encarga de introducir gradualmente personajes y temáticas que reciben un tratamiento de importancia similar o igual al de la historia principal, la cual también va revelandosenos mas compleja de lo que imaginamos en un principio.
Hay miles de lecturas, pero yo rescaté solo algunas. Por ejemplo Agrado, un travesti enumera sobre un escenario sus operaciones y el precio de cada una, y luego pasa a decir: " Cuesta mucho ser autentica señora, y en esto no hay que ser bacana, porque una es mas autentica cuanto mas se parece a lo que soñó de si misma". Y en 10 segundos invierte la lógica social que disocia la palabra "travesti" de la palabra "autentico", o si se quiere la palabra "transformación" de la palabra "autenticidad". Y es que acá encuentro un punto de conexión entre estos dos minutos de película y el tema del cambio, que tanto me resuena.
Que no cunda el pánico que no voy a hacerme travesti ni quiero ser un ricardito ford jr, me refiero al cambio en un aspecto mas etéreo. Hablo del cambio de pensamiento, del cambio de acciones, de reacciones, de puntos de vista. Diminutivamente no pienso igual que hace un año por ejemplo, mis puntos de vista cambian, mi mente cambia, así como las células se renuevan y ya no somos materialmente las mismas personas.
Se tiene la tendencia a pensar, y esto lo dijo Dolina en uno de sus programas que tuve el agrado de presenciar, que el cambio es negativo. Es decir, cuando alguien se despega de un grupo social (sea un grupo de amigos, una familia, un club, etc)para rozarse con otro y luego regresa, los miembros del grupo originario notan los mínimos detalles en el cambio de la persona y señalan "Jorge vos ya no sos el mismo", "vos no sos lo que eras antes". Incluso más, se tiende a pensar que una persona que no cambia de opinión es una persona sabia, firme, segura. Pero ¿es realmente así? A lo largo de la historia humana el cambio ha sido una constante, en todo ámbito. Quizás para mejor, a veces para peor, pero las personas que nos han dejado algo importante no han sido justamente las cerebralmente inhertes, sino las que se han permitido modificar su pensamiento, o su sentir.
De mas está decir que "Todo sobre mi madre" no es una película que hable de este tema, pero si abre debate sobre muchas cosas, como este blog. Muestra el lazo madre e hijo de una manera muy especial, no solo en la historia principal, hace que nos sintamos identificados si o si con alguna de las muchas circunstancias que trastoca y sobre todo habla de las relaciones interpersonales. Es curioso que ayer puse en facebook que el mundo esta lleno de relaciones normales,¿para que sumar otra? y esta película vaya si muestra relaciones fuera de lo común. Altamente recomendable por contenido y dirección, les dejo el trailer y un link para verla online

TRAILER
www.youtube.com/watch?v=TELncMbP8WU&feature=PlayList&p=8F9F5635F326409D&playnext=1&playnext_from=PL&index=2%22"

VER ONLINE
www.peliculasok.com/todo-sobre-mi-madre

lunes, 8 de febrero de 2010

Bueh, a ver, empecemos diciendo algo que tenga sentido, a pesar de que el blog se llame susurerealal. Mi inspiración creativa se ha visto truncada, de momento sin explicación y creo que el ejercicio de escribir lo primero que se me venga a la mente, a la vieja usanza surrealista me va a ayudar a recuperarla. Necesito escribir un guión, bueh, necesito muchas cosas, entre ellas platos nuevos, pero no es algo que tenga que ver con este blog... por ahora. No pretendan encontrar hilos argumentales, ni narraciones redondas con finales iluminadores porque nada que ver. Este es un blog básicamente basado en lo que pienso y en los cambios que (seguramente) voy a ir efectuando en mis opiniones personales a medida que el tiempo pase. Porque hay que desconfiar de quien tiene opiniones demasiado firmes, el cambio es una virtud, no un defecto, ya hablaremos de eso.
Por todo lo antedicho es muy probable que este blog sea básicamente de mas interés para mi que para ustedes, no obstante eso los invito a ojearlo cuando tengan tiempo y a debatir lo que quieran, a mi mal no me hace y a ustedes quizás hasta los divierta un poco.

POR FIN SOL!

Por fin se puede tomar sol en Buenos Aires! Aprovechando el dia apile mis colchones en desuso en el balcón, saque la unica copa que tengo y me recoste a tomar sol, cuidando de estirar los brazos para entrar en la franja de 50 cm de sol que entra por mi balcón.
Pensaba en esa chica que vi el otro dia en el cumpleaños de mi amigo, que parecia un camarón frito, y pensaba en este señor tan chocolate que tengo como amigo en facebook... cuantas horas de sol hacen falta para quedar asi? Y para mantenerse? Y digo... No es mucho tiempo al pedo? o sea porque vos estas ahi, culo pa rriba (o pa bajo según sea el caso) aguantandote las ganas de ir a la sombra, esperando que pase tanto tiempo como tu piel pueda soportar...
De cualquier manera, ahora se me ocurre que los seres humanos somos asi, desnaturalizamos las cosas. Si nos remitimos al ápice de la cuestión el sol nos hace bien, y siempre nos hizo bien, en el marco de una actividad al aire libre, en el medio de un partido, en el medio de un dia de playa, en medio de una caminata, etc... pero no, nosotros tenemos la tendencia a eliminar toda esa parte y aislar el sol de su forma natual de intervenir en nosotros, ahora nosotros tomamos el control y somos nosotros los que "tomamos sol". es loco.