miércoles, 10 de febrero de 2010

Desconocidos


Ella se acercó tímidamente. El la miro un instante. Era bella. El modo en que se sonrojaba y el contoneo de su cuerpo le decia mucho. Sonrió a unos metros y ella jugueteo con sus ojos. Se acercaron. Ella estaba algo nerviosa, solo lo había visto un minuto en la avenida ayer. Él la halagó. Ella hizo lo propio. Caminaron. Ella le hablo de su actual primer trabajo, el le dijo que estaba estudiando. Ella rió. Tomo su mano. Le pregunto si se sentía incómoda; dijo que no. Sintió su mano cálida sobre su piel y rozó su vello con las uñas. El sintió cosquillas. Era un caballero.
Entraron a tomar un café. El le preguntó sobre su familia. Ella se entristeció un poco. Mencionó que su madre no estaba muy bien de salud. Su padre no estaba con ellos. Bebieron en silencio. Estaban en una mesa más bien apartada del bar. El la aburrió brevemente hablándole de sus estudios. Pagaron. Salieron. Los oficinistas volvían a sus casas. Decidieron caminar un rato por la plaza, las luces ya estaban encendidas, el clima era agradable.
Ella sintió que lo quería. El la vio tan delicada, procedía con cautela, pues no quería perderla. Se abstrajeron un sus pensamientos mirándose. Rieron a los segundos, dándose cuenta de la situación. La conexión era autentica. Sonó el celular de ella. Atendió. Se rompió, el la sostuvo. Su madre había muerto. El no lo sabía. Ella solo lloraba y miraba hacia los lados, como desconociendo el lugar, lo que la rodeaba. “No puede ser” repetía. “me tengo que ir”. El comprendió. Se resolvió a no dejar sola a esa criatura dócil y vulnerable. Se comprometió internamente a protegerla como pudiera de los vientos del dolor. Ella encontró le calidez de un alma gemela en sus ojos. Supo que era verdadero. Se aferró a el como si fuera lo último que le quedaba. Se hicieron uno.

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