miércoles, 15 de diciembre de 2010

FIN



Las últimas páginas de un libro.
Las últimas tristes notas de una canción
El apagado definitivo de luces
de una fábrica en quiebra

El mar de bajeza,
La firme tierra de la humillación.
Los campos del dolor
Estoy desolado por la guerra.

Tengo barro en los dientes, en forma de sangre
Mis botas estan cansadas, mis manos sucias
Los limites de mi mente cedieron
Mi corazón ya no existe

Solo quiero morir, matar el recuerdo.
Solo necesito dormir, por largo tiempo
No voy a lavar mi ropa, no asearé mi cara
Esta historia hibernará, muy oculta en la vergüenza.

miércoles, 1 de diciembre de 2010

Un pop muy azul



Vivo en un universo paralelo,
En una galaxia en guerra,
En el sistema de los soles neutros,
En el planeta de los sueños,
En el continente de la casualidad,
En el hemisferio de los que lloran,
En el país de nunca jamás,
En la provincia del desarraigo,
En la sociedad de los poetas muertos,
En la ciudad de la furia,
En la calle de las sirenas,
En la casa de doña Alba,
En la habitación del pánico,
En la cama del medio.
Limito al norte con la riqueza,
Al sur con la pobreza,
Al este con la sapiencia,
Al oeste con la vanidad.
En el centro de mi,
Un pop muy azul.

domingo, 7 de noviembre de 2010

Estiercol


Somos la sensiblería del mundo.
Somos la molécula nata, el polvo primitivo.
Somos la ligereza del aire, la simpleza de la nada.

Sentimos en forma cardinal, hablamos sin saber.
Reproduzco ciclos y los celebro.
Me miro el ombligo y soy feliz.
Como, bebo, duermo. Tibio.

Somos lo previsible, lo residual.
Somos la parte nula, somos la mayoría.
Somos los que compran, somos esos y tambien esos otros.

La escazes es mi bandera, la ignorancia mi virtud.
Mi lengua esta loca, mis facultades desganadas.
Amo mi estiercol. Soy feliz.

miércoles, 27 de octubre de 2010

La sirena


Ray Bradbury

Este es un cuento de Bradbury que lei recientemente. me gusta mucho.

Allá afuera en el agua helada, lejos de la costa, esperábamos todas las noches la llegada de la niebla, y la niebla llegaba, y aceitábamos la maquinaria de bronce, y encendíamos los faros de niebla en lo alto de la torre. Como dos pájaros en el cielo gris, McDunn y yo lanzábamos el rayo de luz, rojo, luego blanco, luego rojo otra vez, que miraba los barcos solitarios. Y si ellos no veían nuestra luz, oían siempre nuestra voz, el grito alto y profundo de la sirena, que temblaba entre jirones de neblina y sobresaltaba y alejaba a las gaviotas como mazos de naipes arrojados al aire, y hacía crecer las olas y las cubría de espuma.

-Es una vida solitaria, pero uno se acostumbra, ¿no es cierto? -preguntó McDunn.

-Sí -dije-. Afortunadamente, es usted un buen conversador.

-Bueno, mañana irás a tierra -agregó McDunn sonriendo- a bailar con las muchachas y tomar ginebra.

-¿En qué piensa usted, McDunn, cuando lo dejo solo?

-En los misterios del mar.

McDunn encendió su pipa. Eran las siete y cuarto de una helada tarde de noviembre. La luz movía su cola en doscientas direcciones, y la sirena zumbaba en la alta garganta del faro. En ciento cincuenta kilómetros de costa no había poblaciones; sólo un camino solitario que atravesaba los campos desiertos hasta el mar, un estrecho de tres kilómetros de frías aguas, y unos pocos barcos.

-Los misterios del mar -dijo McDunn pensativamente-. ¿Pensaste alguna vez que el mar es como un enorme copo de nieve? Se mueve y crece con mil formas y colores, siempre distintos. Es raro. Una noche, hace años, todos los peces del mar salieron ahí a la superficie. Algo los hizo subir y quedarse flotando en las aguas, como temblando y mirando la luz del faro que caía sobre ellos, roja, blanca, roja, blanca, de modo que yo podía verles los ojitos. Me quedé helado. Eran como una gran cola de pavo real, y se quedaron ahí hasta la medianoche. Luego, casi sin ruido, desaparecieron. Un millón de peces desapareció. Imaginé que quizás, de algún modo, vinieron en peregrinación. Raro, pero piensa qué debe parecerles una torre que se alza veinte metros sobre las aguas, y el dios-luz que sale del faro, y la torre que se anuncia a sí misma con una voz de monstruo. Nunca volvieron aquellos peces, ¿pero no se te ocurre que creyeron ver a Dios?

Me estremecí. Miré las grandes y grises praderas del mar que se extendían hacia ninguna parte, hacia la nada.

-Oh, hay tantas cosas en el mar. -McDunn chupó su pipa nerviosamente, parpadeando. Estuvo nervioso durante todo el día y nunca dijo la causa-. A pesar de nuestras máquinas y los llamados submarinos, pasarán diez mil siglos antes de que pisemos realmente las tierras sumergidas, sus fabulosos reinos, y sintamos realmente miedo. Piénsalo, allá abajo es todavía el año 300,000 antes de Cristo. Cuando nos paseábamos con trompetas arrancándonos países y cabezas, ellos vivían ya bajo las aguas, a dieciocho kilómetros de profundidad, helados en un tiempo tan antiguo como la cola de un cometa.

-Sí, es un mundo viejo.

-Ven. Te reservé algo especial.

Subimos con lentitud los ochenta escalones, hablando. Arriba, McDunn apagó las luces del cuarto para que no hubiese reflejos en las paredes de vidrio. El gran ojo de luz zumbaba y giraba con suavidad sobre sus cojinetes aceitados. La sirena llamaba regularmente cada quince segundos.

-Es como la voz de un animal, ¿no es cierto? -McDunn se asintió a sí mismo con un movimiento de cabeza-. Un gigantesco y solitario animal que grita en la noche. Echado aquí, al borde de diez billones de años, y llamando hacia los abismos. Estoy aquí, estoy aquí, estoy aquí. Y los abismos le responden, sí, le responden. Ya llevas aquí tres meses, Johnny, y es hora que lo sepas. En esta época del año -dijo McDunn estudiando la oscuridad y la niebla-, algo viene a visitar el faro.

-¿Los cardúmenes de peces?

-No, otra cosa. No te lo dije antes porque me creerías loco, pero no puedo callar más. Si mi calendario no se equivoca, esta noche es la noche. No diré mucho, lo verás tú mismo. Siéntate aquí. Mañana, si quieres, empaquetas tus cosas y tomas la lancha y sacas el coche desde el galpón del muelle, y escapas hasta algún pueblito del mediterráneo y vives allí sin apagar nunca las luces de noche. No te acusaré. Ha ocurrido en los últimos tres años y sólo esta vez hay alguien conmigo. Espera y mira.

Pasó media hora y sólo murmuramos unas pocas frases. Cuando nos cansamos de esperar, McDunn me explicó algunas de sus ideas sobre la sirena.

-Un día, hace muchos años, vino un hombre y escuchó el sonido del océano en la costa fría y sin sol, y dijo: "Necesitamos una voz que llame sobre las aguas, que advierta a los barcos; haré esa voz. Haré una voz que será como todo el tiempo y toda la niebla; una voz como una cama vacía junto a ti toda la noche, y como una casa vacía cuando abres la puerta, y como otoñales árboles desnudos. Un sonido de pájaros que vuelan hacia el sur, gritando, y un sonido de viento de noviembre y el mar en la costa dura y fría. Haré un sonido tan desolado que alcanzará a todos y al oírlo gemirán las almas, y los hogares parecerán más tibios, y en las distantes ciudades todos pensarán que es bueno estar en casa. Haré un sonido y un aparato y lo llamarán la sirena, y quienes lo oigan conocerán la tristeza de la eternidad y la brevedad de la vida".

La sirena llamó.

-Imaginé esta historia -dijo McDunn en voz baja- para explicar por qué esta criatura visita el faro todos los años. La sirena la llama, pienso, y ella viene...

-Pero... -interrumpí.

-Chist... -ordenó McDunn-. ¡Allí!

-Señaló los abismos.

-Algo se acercaba al faro, nadando.

Era una noche helada, como ya dije. El frío entraba en el faro, la luz iba y venía, y la sirena llamaba y llamaba entre los hilos de la niebla. Uno no podía ver muy lejos, ni muy claro, pero allí estaba el mar profundo moviéndose alrededor de la tierra nocturna, aplastado y mudo, gris como barro, y aquí estábamos nosotros dos, solos en la torre, y allá, lejos al principio, se elevó una onda, y luego una ola, una burbuja, una raya de espuma. Y en seguida, desde la superficie del mar frío salió una cabeza, una cabeza grande, oscura, de ojos inmensos, y luego un cuello. Y luego... no un cuerpo, sino más cuello, y más. La cabeza se alzó doce metros por encima del agua sobre un delgado y hermoso cuello oscuro. Sólo entonces, como una islita de coral negro y moluscos y cangrejos, surgió el cuerpo desde los abismos. La cola se sacudió sobre las aguas. Me pareció que el monstruo tenía unos veinte o treinta metros de largo.

No sé qué dije entonces, pero algo dije.

-Calma, muchacho, calma -murmuró McDunn.

-¡Es imposible! -exclamé.

-No, Johnny, nosotros somos imposibles. Él es lo que era hace diez millones de años. No ha cambiado. Nosotros y la Tierra cambiamos, nos hicimos imposibles. Nosotros.

El monstruo nadó lentamente y con una gran y oscura majestad en las aguas frías. La niebla iba y venía a su alrededor, borrando por instantes su forma. Uno de los ojos del monstruo reflejó nuestra inmensa luz, roja, blanca, roja, blanca, y fue como un disco que en lo alto de una mano enviase un mensaje en un código primitivo. El silencio del monstruo era como el silencio de la niebla.

Yo me agaché, sosteniéndome en la barandilla de la escalera.

-¡Parece un dinosaurio!

-Sí, uno de la tribu.

-¡Pero murieron todos!

-No, se ocultaron en los abismos del mar. Muy, muy abajo en los más abismales de los abismos. Es ésta una verdadera palabra ahora, Johnny, una palabra real; dice tanto: los abismos. Una palabra con toda frialdad y la oscuridad y las profundidades del mundo.

-¿Qué haremos?

-¿Qué podemos hacer? Es nuestro trabajo. Además, estamos aquí más seguros que en cualquier bote que pudiera llevarnos a la costa. El monstruo es tan grande como un destructor, y casi tan rápido.

-¿Pero por qué viene aquí?

En seguida tuve la respuesta.

La sirena llamó.

Y el monstruo respondió.

Un grito que atravesó un millón de años, nieblas y agua. Un grito tan angustioso y solitario que tembló dentro de mi cuerpo y de mi cabeza. El monstruo le gritó a la torre. La sirena llamó. El monstruo rugió otra vez. La sirena llamó. El monstruo abrió su enorme boca dentada, y de la boca salió un sonido que era el llamado de la sirena. Solitario, vasto y lejano. Un sonido de soledad, mares invisibles, noches frías. Eso era el sonido.

-¿Entiendes ahora -susurró McDunn- por qué viene aquí?

Asentí con un movimiento de cabeza.

-Todo el año, Johnny, ese monstruo estuvo allá, mil kilómetros mar adentro, y a treinta kilómetros bajo las aguas, soportando el paso del tiempo. Quizás esta solitaria criatura tiene un millón de años. Piénsalo, esperar un millón de años. ¿Esperarías tanto? Quizás es el último de su especie. Yo así lo creo. De todos modos, hace cinco años vinieron aquí unos hombres y construyeron este faro. E instalaron la sirena, y la sirena llamó y llamó y su voz llegó hasta donde tú estabas, hundido en el sueño y en recuerdos de un mundo donde había miles como tú. Pero ahora estás solo, enteramente solo en un mundo que no te pertenece, un mundo del que debes huir. El sonido de la sirena llega entonces, y se va, y llega y se va otra vez, y te mueves en el barroso fondo de los abismos, y abres los ojos como los lentes de una cámara de cincuenta milímetros, y te mueves lentamente, lentamente, pues tienes todo el peso del océano sobre los hombros. Pero la sirena atraviesa mil kilómetros de agua, débil y familiar, y en el horno de tu vientre arde otra vez el juego, y te incorporas lentamente, lentamente. Te alimentas de grandes cardúmenes de bacalaos y de ríos de medusas, y subes lentamente por los meses de otoño, y septiembre cuando nacen las nieblas, y octubre con más niebla, y la sirena todavía llama, y luego, en los últimos días de noviembre, luego de ascender día a día, unos pocos metros por hora, estás cerca de la superficie, y todavía vivo. Tienes que subir lentamente: si te apresuras; estallas. Así que tardas tres meses en llegar a la superficie, y luego unos días más para nadar por las frías aguas hasta el faro. Y ahí estás, ahí, en la noche, Johnny, el mayor de los monstruos creados. Y aquí está el faro, que te llama, con un cuello largo como el tuyo que emerge del mar, y un cuerpo como el tuyo, y, sobre todo, con una voz como la tuya. ¿Entiendes ahora, Johnny, entiendes?

La sirena llamó.

El monstruo respondió.

Lo vi todo..., lo supe todo. En solitario un millón de años, esperando a alguien que nunca volvería. El millón de años de soledad en el fondo del mar, la locura del tiempo allí, mientras los cielos se limpiaban de pájaros reptiles, los pantanos se secaban en los continentes, los perezosos y dientes de sable se zambullían en pozos de alquitrán, y los hombres corrían como hormigas blancas por las lomas.

La sirena llamó.

-El año pasado -dijo McDunn-, esta criatura nadó alrededor y alrededor, alrededor y alrededor, toda la noche. Sin acercarse mucho, sorprendida, diría yo. Temerosa, quizás. Pero al otro día, inesperadamente, se levantó la niebla, brilló el sol, y el cielo era tan azul como en un cuadro. Y el monstruo huyó del calor, y el silencio, y no regresó. Imagino que estuvo pensándolo todo el año, pensándolo de todas las formas posibles.

El monstruo estaba ahora a no más de cien metros, y él y la sirena se gritaban en forma alternada. Cuando la luz caía sobre ellos, los ojos del monstruo eran fuego y hielo.

-Así es la vida -dijo McDunn-. Siempre alguien espera que regrese algún otro que nunca vuelve. Siempre alguien que quiere a algún otro que no lo quiere. Y al fin uno busca destruir a ese otro, quienquiera que sea, para que no nos lastime más.

El monstruo se acercaba al faro.

La sirena llamó.

-Veamos qué ocurre -dijo McDunn.

Apagó la sirena.

El minuto siguiente fue de un silencio tan intenso que podíamos oír nuestros corazones que golpeaban en el cuarto de vidrio, y el lento y lubricado girar de la luz.

El monstruo se detuvo. Sus grandes ojos de linterna parpadearon. Abrió la boca. Emitió una especie de ruido sordo, como un volcán. Movió la cabeza de un lado a otro como buscando los sonidos que ahora se perdían en la niebla. Miró el faro. Algo retumbó otra vez en su interior. Y se le encendieron los ojos. Se incorporó, azotando el agua, y se acercó a la torre con ojos furiosos y atormentados.

-¡McDunn! -grité-. ¡La sirena!

McDunn buscó a tientas el obturador. Pero antes de que la sirena sonase otra vez, el monstruo ya se había incorporado. Vislumbré un momento sus garras gigantescas, con una brillante piel correosa entre los dedos, que se alzaban contra la torre. El gran ojo derecho de su angustiada cabeza brilló ante mí como un caldero en el que podía caer, gritando. La torre se sacudió. La sirena gritó; el monstruo gritó. Abrazó el faro y arañó los vidrios, que cayeron hechos trizas sobre nosotros.

McDunn me tomó por el brazo.

-¡Abajo! -gritó.

La torre se balanceaba, tambaleaba, y comenzaba a ceder. La sirena y el monstruo rugían. Trastabillamos y casi caímos por la escalera.

-¡Rápido!

Llegamos abajo cuando la torre ya se doblaba sobre nosotros. Nos metimos bajo las escaleras en el pequeño sótano de piedra. Las piedras llovieron en un millar de golpes. La sirena calló bruscamente. El monstruo cayó sobre la torre, y la torre se derrumbó. Arrodillados, McDunn y yo nos abrazamos mientras el mundo estallaba.

Todo terminó de pronto, y no hubo más que oscuridad y el golpear de las olas contra los escalones de piedra.

Eso y el otro sonido.

-Escucha -dijo McDunn en voz baja-. Escucha.

Esperamos un momento. Y entonces comencé a escucharlo. Al principio fue como una gran succión de aire, y luego el lamento, el asombro, la soledad del enorme monstruo doblado sobre nosotros, de modo que el nauseabundo hedor de su cuerpo llenaba el sótano. El monstruo jadeó y gritó. La torre había desaparecido. La luz había desaparecido. La criatura que llamó a través de un millón de años había desaparecido. Y el monstruo abría la boca y llamaba. Eran los llamados de la sirena, una y otra vez. Y los barcos en alta mar, no descubriendo la luz, no viendo nada, pero oyendo el sonido debían de pensar: ahí está, el sonido solitario, la sirena de la bahía Solitaria. Todo está bien. Hemos doblado el cabo.

Y así pasamos aquella noche.

A la tarde siguiente, cuando la patrulla de rescate vino a sacarnos del sótano, sepultados bajo los escombros de la torre, el sol era tibio y amarillo.

-Se vino abajo, eso es todo -dijo McDunn gravemente-. Nos golpearon con violencia las olas y se derrumbó.

Me pellizcó el brazo.

No había nada que ver. El mar estaba sereno, el cielo era azul. La materia verde que cubría las piedras caídas y las rocas de la isla olían a algas. Las moscas zumbaban alrededor. Las aguas desiertas golpeaban la costa.

Al año siguiente construyeron un nuevo faro, pero en aquel entonces yo había conseguido trabajo en un pueblito, y me había casado, y vivía en una acogedora casita de ventanas amarillas en las noches de otoño, de puertas cerradas y chimenea humeante. En cuanto a McDunn, era el encargado del nuevo faro, de cemento y reforzado con acero.

-Por si acaso -dijo McDunn.

Terminaron el nuevo faro en noviembre. Una tarde llegué hasta allí y detuve el coche y miré las aguas grises y escuché la nueva sirena que sonaba una, dos, tres, cuatro veces por minuto, allá en el mar, sola.

¿El monstruo?

No volvió.

-Se fue -dijo McDunn-. Se ha ido a los abismos. Comprendió que en este mundo no se puede amar demasiado. Se fue a los más abismales de los abismos a esperar otro millón de años. Ah, ¡pobre criatura! Esperando allá, esperando y esperando mientras el hombre viene y va por este lastimoso y mínimo planeta. Esperando y esperando.

Sentado en mi coche, no podía ver el faro o la luz que barría la bahía Solitaria. Sólo oía la sirena, la sirena, la sirena, y sonaba como el llamado del monstruo.

Me quedé así, inmóvil, deseando poder decir algo.

martes, 3 de agosto de 2010

Color


Hay un color que flota por aquí, pero… ¿Existe?
Imaginar que nuestra comunicación es distinta, imaginar que somos libres.
Pensar sin restricciones, entender, golpearnos.
Estar sin emitir palabra por una vez, solo una vez.
Darme cuenta quien sos y quien crees que soy…

Estas carcazas estúpidas… no les hagas caso por favor.
Son obstáculos en lugar de herramientas. Necesito decírtelo, pero no con palabras.
Imaginar que nos resumimos en conceptos, y nos entendemos, por fin.
Sentir en igualdad de criterios, sin manchas.

Seamos hijos de nadie, parte de nada, seres sin historia, solo una vez.
Probemos llegar a lo básico, y empezar de nuevo.

jueves, 22 de julio de 2010

En todo, estás.


Este mensaje, en la noche. Tu piel.
Todas las aventuras, tu sangre.
Siete pecados y uno mas. por vos.
Toda la irrealidad, todo mi surrealismo.
Cada vez que respiro, estás.
Cada vez que camino, me acompañas.
Cada ruido, cada señal.
Este cuerpo, este cerebro.
Todas las locuras, todo el mar.
Cinco mis puntos cardinales.
Todas mis fibras, son tuyas.
Cada sueño, cada minuto.
Cada circunstancia, cada minuto.

miércoles, 7 de julio de 2010

Río



Se me ocurrió que ahora.
Porque no, si estamos los dos en un instante raro
Los lentes sobre la mesa y escuchándola a las 3 am
Ciertas cosas no se dicen
Hay cosas importantes que se esconden tras momentos
No son buenas ni malas, solo son.
Necesito evocar un segundo mas de tacones y de algún escenario para describírtelo.
No me guío por reglas que comprendas.
No confío en lo que entiendo. Prefiero ser mas sutil
Mi castillo nunca se destruye.
Esto es como un rio, tiene solo un sentido. Crudo, inexorable.
No puedo decirte que lo conozco, porque soy el rio. Soy el agua. Soy un tronco que flota.
Solo que si queres acompañarme hazte una balsa.

sábado, 19 de junio de 2010

Choque



TODO. El mar de sentimientos. Inundó. Irreversible, aplacador.
En un instante todo tembló. La luz, la oscuridad, el polvo, todo quedó al descubierto
Fue un jueves de deshojar, un jueves de café. De conexión, de descubrir.
Exploración, asombro, redescubrimiento. Vos sos yo y yo soy vos.
Puedo vislumbrarte en la niebla, puedo rever. Siglos congelado.

Hoy compruebo tu capacidad de sanar, mi capacidad de aprender.
Quiero emprender el vuelo a lo mas hondo del corazón, montado en una bestia.
Necesito ver el mapa del regreso, para no morir en las cavernas.
Intensos aromas, vendavales plateados, quebradas y estalactitas.
Tu paisaje es fascinante, es apacible, pero solo para mi.

Mis ropajes son excelentes, son intrincados, desconcertantes, lo se.
Mis modos son cuestionables, mis palabras insulsas, mi acción cautivante.
Pero mi fuerza es concreta, positiva, mi luz transparente.
Los animales exóticos que guardan mi alma son feroces, pero mis frutos dulces.
Si sabes ganarlos van a protegerte, como lo están haciendo.

El choque de supernovas, la mezcla de los mundos, amalgama de vida.
Mis tesoros se vuelcan sobre tus fuentes. Tus atributos convergen en mis rios.
Todo el caos colorido se va a estabilizar, lo sé. Lo bueno, lo malo.
Habrá que dictar nuevas leyes, establecer un nuevo gobierno.
Tendremos que crear una bandera, para este nuevo mundo.

Proyectemos una atmósfera de sueños, una tierra de convicciones.
Un mar grande de confianza y reguemos todo con la lluvia de la paz.
Solas germinaran flores en forma de recuerdos, destilaciones de amor.
Las bestias pastaran juntas, los dos soles no se apagaran nunca.

jueves, 10 de junio de 2010

Pantomima




Si yo supiera a quien pertenecen estas ilusiones hoy, no caería en la incertidumbre
Quizás no seria victima de estos pozos oscuros que por momentos transito.
Si pudiera detener la rotación de mi pequeño planeta para diagnosticar.
Necesito tiempo para pensar sobre esto y sobre como se filtró esta emoción.

Quizás no estaba preparado para estas palabras. Esquivas, viscosas.
Palabras que no revelan su rumbo. Como estas lagrimas que no tienen dueño.
Si fuera una conexión nerviosa mas, sigilosa, eléctrica.
Quizás podría entender tu cabeza, y que pasó por ella esta noche.

Si el maldito espectro se pudriera de una vez y el oxido de mis labios cediera.
Quizás me daría espacio, a mí y a mis crías para que descansemos en amor.
Siempre me encuentro a mi mismo, solo debajo de una sabana, llorando.
A veces me conduelo, a veces me avergüenzo. Pero siempre soy.

Toda la dualidad que esconde este pájaro oscuro es insondable, es magnifica.
Todo tu ser y el mío podrían coexistir en una prehistoria jurasica, pensalo.
Por algo… por algo alguien o algo. Y si tenés razón? Si todo esto es pantomima?
Y si las bocas del infierno no pueden ingresar en nosotros? Y si conseguimos vivir?

Uno con otro se funden. Uno con otro se hieren y se seccionan para encastrarse.
Mórbido es el afán por ser uno solo, las heridas se empalman, la carne se pega.
Los órganos buscan trabajar en equipo, buscan compartir, buscan depender.
No son construcciones duraderas, lamento decepcionarlo estimado lector.

Todas las murallas caen, todas las ciudades mueren, todos los héroes fracasan.
No hay quien no llore bajo las sabanas de su individualidad.

domingo, 6 de junio de 2010

HÁBITOS AL DORMIR (Yasunari Kawabata)


Acometida por un agudo dolor, como si le hubieran tirado del cabello, se despertó tres o cuatro veces. Pero al darse cuenta de que parte de su negra cabellera se había enredado en el cuello de su amante, sonrió. A la mañana diría: "Mi cabellera tiene este largo ahora. Pero cuando dormimos juntos, de verdad se estira". Y muy tranquila, cerró los ojos. "No quiero dormir. ¿Por qué debemos dormir? Si siendo amantes, debemos dormir, ¡imagínate!" Las noches en que quisiera quedarse con él, diría esto, como si fuera algo misterioso. —Más bien deberías decir que la gente hace el amor justamente porque duerme. Un amor que nunca durmiera sería aterrorizante. Algo ideado por un demonio. —No es cierto. En primer lugar, te recuerdo que al principio ninguno de los dos dormía, ¿o sí? No hay nada tan egoísta como dormir. Y era cierto. Apenas él se dormía, retiraba el brazo de debajo de su cuello, frunciendo el ceño inconscientemente. También ella, que se adormecía teniéndolo sujeto en un abrazo, veía al despertarse que sus brazos no conservaban ninguna tensión. —Entonces, enrollaré mi cabello alrededor de tu brazo y lo mantendré preso. Luego, dando una vuelta a la manga del kimono de dormir de él en su propio brazo, ella lo retuvo con fuerza. Pero fue inútil, dormir le robó la energía a sus dedos. —Muy bien, entonces, tal como reza el viejo proverbio, te ataré con la soga que es mi cabello de mujer.
Y diciendo esto, ella dio una vuelta al cuello de él con su cabello negro como alas de cuervo.
Esa mañana, sin embargo, él sonrió ante lo que ella le dijo al despertar.
—¿Dices que tu cabello está más largo? Está tan enredado que no puedes ni pasar un peine por él. Con el tiempo se fueron olvidando de estas cosas. Ahora, ella duerme como si se hubiera olvidado de que él está allí. Pero cuando se despierta, su brazo siempre está en contacto con el cuerpo de él, y el brazo de él está sobre ella. Por ahora, y mientras no reflexionen sobre sus gestos, éste es el hábito que han adquirido.

(1932).

Uno de mis autores favoritos, con una mirada diferente, muy poética y profunda, a través de la narración de situaciones tan cotidianas y desnudas como esta, Kawabata logra crear un clima tan perfecto, tan neutro, tan equilibrado, muy oriental. Este es un relato corto extraído del libro "historias en la palma de la mano". Recomiendo leer sin embargo "país de nieve" novela donde el autor se expresa en todo su esplendor. Cabe decir que es su obra maestra.

jueves, 20 de mayo de 2010

23/23 Cumpleaños-!!


Este 23 de mayo cumplo 23 años. 23/23 y no es casualidad. No es casualidad lo alineado de los números, por el hecho de que no hay casualidades. Quizás se deba al hecho de que tengo dos pilares del mismo calibre sobre los que sostenerme. Para mi simboliza lo completo, 23 de 23. Siento que me encuentro en una especie de umbral. no es novedad para nadie que antes del domingo me sentía viejo.. VEINTITRÉS! Quería volver a cumplir 22.Pero ahora lo reflexiono de este modo y me doy cuenta de que 23 es mi edad. a los 21 salí de casa para encontrarme, paradójicamente hoy también se cumplen dos años de que corte el cordón umbilical con mi casa materna. (si, el día que cumplía años hice la mudanza). A los 22 me enamore y pude conocer así una faceta de mi que me había sido ajena. Mambos aparte, es hoy cuando encuentro un equilibrio. Cuando me demostré que puedo vivir libremente, que puedo hacer de una casa un hogar. Que si no me cuido no me cuida nadie (grande Gasalla), que mis actos tienen consecuencias. Que puedo elegir sorprender o pasar desapercibido. Que mi corazón será duro pero no invulnerable, que puedo hacerme cargo de sentir y también de olvidar. Que mis pasiones me van a acompañar en la vida. Que un libro puede ser el mejor amigo. Que no voy a dejar que la mediocridad del exterior me corrompa. Que este cuerpo es el único que tengo y que voy a cuidarlo de la mejor manera. Que puedo cambiar lo que no me gusta de mi. Que la perfección no debe ser mi meta, pero si mi inspiración.
A los 23 me siento en condiciones de respetarme y respetar. Sabiendo que es la empatía reafirmo mi resolución a no prejuzgar. Sabiendo que la verdad y la sinceridad es la mejor forma de desenvolverse en la vida. Que la transparencia involucra no esconder quien soy. Sabiendo que hay gente que vale la pena amar. Sabiendo que nadie va a conocerme mejor que yo mismo. Sabiendo que se puede llegar a donde uno se propone.
Tambien tengo que agradecer a todas las personas que han pasado por mi vida, porque todas me muestan cosas, me enseñan. mas alla de que esten hoy o no. a algunas de las que no estan las extraño, a otras las llevo en el corazón, a algunas pocas prefiero evitarlas.
Estos 23 años probablemente duren dos años, no lo se aún. Sea como fuere espero poder vivirlos intensamente y poniendo en práctica todo lo que he aprendido a lo largo del camino. No voy a expresar acá mis metas, pero si mi resolución de poder llegar a ellas de la mejor manera. Y también mi cariño para todos aquellos que de buena fe me acompañan de una u otra forma. Si hay algo en lo que estoy seguro de que soy bueno es en escoger personas excelentes con las que vale la pena compartir. Personas bellas, felices, optimistas, abiertas, libres. Es por eso que estoy feliz de tener los amigos que tengo.
Sin mucho mas que agregar a este diario entre cómico-dramático-botón voy a decir que hoy llueve... y la lluvia si me inspira! jajaja. No podía ser mas feliz. jaja. Bueno, ahora me voy a casa a descansar un poco mas de la resaca de anoche y... a recibir mi regalo de cumpleaños :O

viernes, 14 de mayo de 2010

Bombas


Se me termina la soga y las cosas comienzan a verse densas.
Comienzo a sentir que esto no avanza y que nada dura.
Comienzo a ver que esta puta fuerza centripeta me devuelve al principio, siempre. Comienzo a creer que no hay opciones, que no hay albedrío. Que los limites ridículos que nos cercan son muy estrechos. Siento peligrar mi venerado cambio. Pienso que la cinemática de la vida no es mas que un absurdo pasatiempo.
Y es que me doy cuenta de que no somos libres. me doy cuenta de que estamos atados a un mundo imbécil, que nos pisa la cabeza.
Mi corazón todavía no se liberó de las arenas movedizas de su embrujo. No pudo dar ni un paso, y si los dio, los retrocedió. Porque vuelve a mirar atrás, como la lluvia de meteoros destruye su preciado Canaán. Sábe que es inútil tratar de reconstruirlo, sin embargo se resiste a dar la media vuelta.
Mi mente se entretiene con los mismos ovillos, se justifica con la misma perspicacia, se recompensa con la misma endorfina que siempre. Se mimosea, se regodea, se pudre y se fortalece y se odia.
Mi cuerpo se resiste al cambio, se retiene a fuerza de esfuerzo. La espalda quiere curvarse, la grasa quiere alojarse, las piernas quieren descansar.
Solo espero que el tiempo me dé algunas ventajas. Que me permita olvidarlo, que me conceda sabiduría, que me proporcione medios. Y solo espero que este mundo colapse y que se pongan bombas de sensatez en todos los rincones. Que detone nuestra sapiencia y nuestra humanidad. Y que derroquemos al dios institucional que nos come las mentes.

lunes, 10 de mayo de 2010

Un Corazón


A veces sucumbimos a la tentación de lo superfluo, para ocultar lo mas duro.
A veces la carne quiebra los ideales, mata la poesía.
A veces hay que aprender a desnudarse para ver las cicatrices.
No creas todo lo que ves, porque casi nada es tal cual se ve.
No prejuzgues, porque hay ganchos filosos pendiendo de los techos.
No maquines, porque sale el sol.
Pies para plantarse firme y no para huir.
Ojos para expresar valía, no para desviar la atención.
Manos para crear, manos para escalar, manos para acariciar.
Un corazón firme, resuelto a ser, resuelto a dar, resuelto a amar.

domingo, 11 de abril de 2010

Dia Azul


Hoy es uno de esos dias azules, de mar.
Donde todo tiene olor familiar.
Donde el recuerdo se vuelve memorable.
La infancia renace y lo sutil.
Lo viejo se renueva y lo pasado me visita.
Los colores reviven y me cuentan cuentos
Un mar de medusas, una cabaña.
Un gran río y un recital, dos manzanas.
Una marca, un olor, un viaje, un hotel.
Un dibujo, un sueño, un amigo, un café.
La gente que conocí, lo que me enseñaron
Lo que compartí, lo grande que me sentí
Lo chico que a veces me siento.
Todo esta reunido hoy, en esta habitación.
Apacible, purificada, simple, concreta.
Palpable hoy, irrealidad del recuerdo mañana.

jueves, 8 de abril de 2010

Llamado Místico


Despierta gigante dormido que tu amo vocifera conjuros de resucitación.
Desperézate dolorosamente en mi columna vertebral que sigue moretoneada.
Calcula bien tus medidas, no golpees tu cabeza. Destruye lo construido. Aulla.
Los capilares que escondías ya son robustas fuentes de alimento.
Toda tu biología al despertar transforma la mía, la invierte, la domina, la devasta.
Complot es lo que tramas dragón del recuerdo, sangre es lo que reclamas.
Mis fluídos entran en trance y mis partículas comienzan a chocarse entre si.
La prioridad del sistema cambia. Todos los sentidos van hacia ti ahora.

Veo colores en una cueva, en un embrión medular tornasolado.
Tus vértebras se desprenden de las mías, tus azules… tus rosados.
Oh! No salgas por mi cuerpo Troll de dolor. No hagas estremecer tus tierras.
Tu amo sigue conjurando afuera en el patio. Veneno sale de su boca, hiel.
El quiere verme mutilado, quiere verme explotar y ser solo carnes vivas.
Pero tu estas en mi ahora y sabes quien soy y que mi transparencia es verdadera.
Tendrás piedad de mi carne, sentirás amor por mi sangre, no nos conviene bestia.
Necesitas seguir durmiendo, hasta que decida que hacer contigo.
Hasta que un llamado místico me de la señal, la fuerza para abortarte.

martes, 6 de abril de 2010

Me quede dormido ¬¬


Bueno, Acá vamos con lo surrealista de nuevo. Me quede dormido. Y LRPMQLRMP!
Odio, odio, ODIO quedarme dormido. Lo siento como un fracaso, como una derrota y de hecho lo es en algún sentido. Todo esto se resume en un ausente a clases que en realidad no existe ya que las listas de alumnos todavía no están listas (si hay un momento para faltar es ahora, HOLA), una perdida de contenidos que es ficticia porque es una materia que ya hice el año pasado… (BURRO!) pero sobre todo se resume en una falta (mas) al gimnasio y eso si es grave… (ma que brecha entre ricos y pobres).
Es cómico como mi subconsciente me boicotea cada frase… soy Géminis, hay dos almas en este cuerpo.
Bue, mas allá de esta introducción un poco agolpada lo cierto es que no escribo aquí hace rato, y mi yo del futuro va a tener una intriga atroz por saber que ocurrió en este período (¬¬) Por tanto voy a aprovechar este pequeño inconveniente con la almohada para esbozar un poco algo, lo que salga, de este último tiempo.
En primer lugar quiero decir que estoy BIEN! como diría la Loca de Mierda, pero sin ese tono sarcástico que ella le agrega, porque en serio me siento bien. El año comienza con nuevas ideas, nuevas metas, proyecciones, nueva gente, recuperando gente buena del año anterior. Este es mi segundo año en la ciudad y estoy contento de eso y de sentirme cómodo. Me siento bien de haber conocido gente muy buena, amigas y amigos que deseo conservar.
Por otro lado tengo que confesar que estoy en un trance positivista importante, donde el “hacer” ha tomado las riendas haciéndole caso (por fin!) a ese cartelito que tuve unos meses en mi heladera y que varios de los que leen estarán riéndose porque saben de lo que hablo. La cosa es que mi casa esta limpia, ordenada, con aires de redecoración, mi agenda ocupada con actividades mas que interesantes (como para no perder la costumbre) y hay muchos planes y proyectos puestos en marcha. La búsqueda de trabajo forma parte de este período, una mejora de relaciones familiares, la etapa final de mi tratamiento de ortodoncia comenzó, en fin… mucho positivismo.
Creo que esto se debe a muchas cosas, pero sobre todo a la buena influencia de ciertas personitas de las que obviamente no voy a dar nombres pero que me acompañan desde hace un tiempito (obviamente leen este blog), me acompañan en mis locuras, me soportan en algunas de mis ocurrencias y me hacen sentir muy contenido y querido por valorarme como soy. Además de que nos divertimos y nos entendemos mutuamente, claro.
Y bueno, si, tiene que haber un párrafo dedicado al amor o lo que quiera que eso signifique. De todas formas mis palabras son como las predicciones de los chantas, vagas, ambiguas y generales. Pero acá vamos. Me siento bien (el chabon lo aclaro como 15 veces), siento que mi corazón se purifica de muchas cosas viejas y sucias y oscuras que le toco vivir y esta cicatrizando ese viejo capítulo y abriéndose a nuevas oportunidades, despacio claro, es como una rehabilitación, en la que cada pasito es un gran paso. Algunos traumatismos van a quedar, pero estoy seguro de que voy a saber manejarlos, y esto si que es gran cosa. Hacia mucho mucho tiempo que no me sentía seguro en nada relacionado con mi corazón. Ahora se que no quiero volver atrás y que hay mas camino para mi adelante. En parte lo he visto gracias a alguien que esta preocupándose por mi y me hace sentir bien (shhh! No sean indiscretos!) aunque a veces no le sale bien. Por ejemplo es el culpable de que hoy no este en la facultad sino escribiendo esto en la comodidad de mi hogar. Jajaja

Bueno, también debo destacar que mis actividades estrambóticas también están a la orden del día, sobre todo desde que mi alma se encontró con la de una de esas personitas mencionadas anteriormente, uno mas curioso que el otro, nos nutrimos mutuamente y disfrutamos de experiencias diversas, un tanto aterradoras de vez en cuando, que van desde clubs de cine a reuniones de fans clubs. De pronto me encuentro también rodeado de amigos como no espere nunca en esta ciudad. Estoy agradecido de haber conocido gente muy interesante y poder ver así un sinfín de posibilidades al alcance de la mano, cosa que la mediocridad de los pequeños lugares no logra reflejar. Bueno creo que voy a parar acá esta avalancha de positivismo y cariñositos que ya me avergüenza y me voy a hacer un café.

sábado, 20 de marzo de 2010

Conversación Irreverente.


Usted siempre supo que el amor sabe bien ¿Verdad? Entonces ¿cuál es su problema? Otra vez deseando chillar, colirio. Tersura de manos hermosas que no saben bailar. ¿Recuerda las viejas notas?¿esas que cansadamente recitaba ante el fuego, cruel, sistemáticamente? Retórica convencida en zanahorias de que esta es la verdad. Pura y fina como arena de Hawai. Ni un minuto pienses, solo siente ¿Y que es sino la abstracción? No escuches, no leas. Es vicioso esto que hay en mi. Y ¿Porque? ¿no se da cuenta que yo también quiero helado? Insolente, vacío, banal animal que pudre el pensar e invalida el sentimiento! esta conversación no puede seguir convirtiéndose en tamaña infamia. Váyase…

miércoles, 17 de marzo de 2010

Caminantes


Aquellas estas primeras noches se van alejando, se van convirtiendo en recuerdo.
Somos caminantes opuestos, estamos a punto de encontrarnos y sobrepasarnos.
Nos venimos mirando, desde hace tiempo. Cada vez veo mas de vos.
Se acerca el tiempo de no ver mas nada y sobrepasarnos.

Te quise, te odie, te divierto y te aburro… todavía.
Es tiempo de olvidar y sonreír, el camino aguarda…
… y otros caminantes con él.

jueves, 11 de marzo de 2010

Bufanda


Es que no podemos dejar que la creatividad se nos hunda asi, y el amor.
Esta canción me hace acordar al mecanismo de una caja de música
Y hoy a la tarde salí a la calle con la intención de comprarte una bufanda

Si supiera que quiero mi vida ya no tendría sentido, buscar es vivir, encontrar es morir.
No se si te quiero, no se si me quiero. Solo se que leo y pienso .
Solo se que esta noche hace frío y no te tengo a mi lado. Tenés frío igual que yo.

Es que la genialidad de los genios me inspira. A quererte, a alejarme.
Este julio sangrarás, lo se. Pero es mejor sangrar mil veces que no vivir.
Me voy. De acá y de todo. Como siempre. No soy y eso me hace bien.

Si entendieras lo etéreo de estas percepciones te tejería una bufanda.
Con hilos orgánicos te arroparía, cada noche. Con calor de madriguera.
Pero sigo leyendo y oyendo esta canción que me recuerda tus mecanismos.

Seamos posesiones preciadas, uno del otro y rompamos a llorar, juntos.
Todo se resume en vivir y vivir en sentir y sentir en tu piel y tu mirada.
Pactemos pactos secretos. Amarrémonos a códigos intangibles. Bebamos sangre.

Tejamos una línea blanca de acero de araña que nos permita ser flexibles.
Y entendámonos así, como realmente somos. Que la distancia no exista.
Congelemos nuestros corazones en invierno y amémonos dramáticamente en verano.

lunes, 8 de marzo de 2010

Cansado de sembrar ausencias.



Cada intento es un vendaval de cansancio. Las piernas se me aflojan.
El viento sigue su curso. Los labios se secan y sangran. Arena.
La mandíbula tiembla y las púas se retuercen en mi abdomen.
Dolor cristalino y delicioso. Sangre decorativa. Inactividad.

Y de pronto amplios ventanales que dan a cuevas llenas de fotos.
La gente que no está. Los fantasmas. Los cadáveres. Los traidores.
La caverna respira, acida. Vapor. Y mi retina se humedece.
Mis labios balbucean, ceden, se cierran. Mutan, gritan.

Pronuncio nombres. Invoco recuerdos. Vienen a mis brazos cuan hijos.
Amores macerados, cariños congelados, risas huérfanas.
Retazos sin sentido. Rejunte de dolor. Clavos. Glándulas.
Olor a fuego y sabor a pan. Muertos, muchos, ausentes, todos.

Ella nunca sabrá cuanto la quiero, cuanto la quise, como la extraño.
Ella no va a entender porque me fui, no va a querer entenderlo.
Ella no habla de mi, elude referencias a voluntad, pero sabe que estoy ahí.
Ella me visita en una risa, en una mirada, en una actitud.

Él se dejó manipular. Él y yo. Él y nadie. Yo y él. Nadie y nadie.
Fue mi hermano. Fuimos mejores amigos por contrato. Nos enloquecimos.
Nos divertimos como nadie. Nos reímos, nos entendimos, reñimos.
Me confesó. Cerré mi boca. Confió y confiaría hoy también. Siempre supo.

Ella era mi confidente basura. Era un mensaje al viento. Era paz.
Ella entendía los mecanismos, sabia que cable había que tocar. Reparaba.
Ella se resignaba al sufrimiento, pero enaltecía su cabeza. Lloraba.
Ella supo acompañar. No le pagué como debía. Éramos hienas gemelas.

Él nunca sabrá que fue mío secretamente, desde el ápice de esa primer mirada.
Oí que se caso. Oí que subió y bajo, que rodó, que desapareció.
Él tiene que haber sabido, él se tuvo que dar cuenta. Era miel y vinagre.
Era firme, era íntegro, era confuso, era sagrado, fue mi amigo.

Él lo fue todo. Él murió como un redentor, como un patriarca.
Él vivió, él me baño en el perfume de su aplomo. Él guió. Él juzgó.
El silencio era nuestro puente. Nos sentíamos. Era suficiente.
Sabe que lo amo para siempre. Sé que me amo como a nadie.

Ella desapareció cuan zorro tras el crimen. Ella era natural.
Nos acompañamos, supe ganarme su cariño. Supo utilizarme, aprendió a amarme.
Me enseño. Me mostró los canales alternativos. Se entusiasmo.
Entre los dos, un abismo, sin embargo nos preferimos como compañeros.

El fue celoso. Divertido. Atrevido. Áspero. Suicidó la amistad. Malentendió.
Volvió, lloró. Demostró. En ese momento éramos él y yo. Todos lo sabían.
Él esta en otra dimensión. Él tomo lo que quería y se largó. Como todos hacemos.
Fuimos crueles, fuimos unidos, fuimos transparentes. Fuimos extraños.

Las fotografías solo retienen irrealidades. Nada vuelve. Todo perece.
La perennidad es un cuento perverso. La eternidad un derecho negado.
El dolor una constante. El amor un destello de color. El odio un borrón.
Si te marcó una vida, estate seguro de que la marcaste también.

sábado, 6 de marzo de 2010

Nervios

Todo es tan inseguro, todo es tan aéreo, tan flaco, tan vago, tan extrafalario, tan descarado, tan sincero, tan derecho, tan puro, tan abierto, tan mojado, tan sensual, tan innombrable, tan simple, tan verdadero, tan fugaz, tan marginal, tan terrible, tan gracioso, tan grande, tan real, tan movilizador, tan virtual, tan lejano, tan loco, tan lindo, tan especial, tan retorcido.

martes, 2 de marzo de 2010

La bañera de mármol



La bañera de mármol en el baño azul estaba llena. Justo como él lo había pedido. Podía verse cálido el vapor, emanando del agua tibia. Las persianas de los ventanales totalmente abiertas. Donde concluía la escalerilla, también de mármol, que conectaba la bañera con el suelo de granito oscuro, una mantilla roja, como él lo había pedido. Las abundantes velas de colores tierra que rodeaban la circunferencia de la bañera estaban todas encendidas. Rogelio tampoco había olvidado la champaña y la copa de cristal con puntillas doradas predilecta, casi exclusiva para él en lo que respecta a bebidas blancas.
A pesar del esfuerzo de Rogelio, el mayordomo, Aníbal no estaba satisfecho en un cienporciento. No solo porque el baño verde estuviera siendo reparado y porque Rogelio se había olvidado de desenchufar y guardar el secador de pelo que, reposando en la mesada del lavamanos, rompía la armonía del ambiente, también porque el ocaso, que deseaba lo acompañara en la velada, era gris. Las nubes tapaban al sol que se separaba del cielo lentamente, para sumergirse en la tierra. Aníbal dejo caer la toalla y se sumergió sigiloso en el agua clara de la bañera. Comenzó a añadir algunas sales de baño y a relajarse. Miró el cielo a través de los cortinados y pensó. Pensó en lo que le esperaba al día siguiente con la llegada del cartero. Cuentas. Números. Ya casi podía oír el sonido de los dedos impactando en las teclas de la calculadora. Ya sentía ese olor a papel y plástico de los modernos envoltorios que transportaban las cuentas. Cerró un segundo los ojos y pensó en Ana. ¿Qué estaría haciendo? Sabía que jamás podría tenerla en sus brazos, sabía que le estaba prohibida. No quiso pensar más. Abrió los ojos de un sobresalto y miró la copa. Casi se estaba olvidando de la champaña. Bebió.
Mas tarde paseo por el jardín de atrás. Rogelio se encargó de prenderle todas las luces y la fuente de aguas, que se prendía solo cuando se salía a verla, porque era un gasto de energía innecesario. El jardín parecía estar diseñado para visitarlo de noche. Las múltiples enredaderas se mezclaban en un punto con los árboles formando espesas capas a lo alto que daban la ilusión de estar en una gran caverna. Las flores rojas y rosas dispuestas aleatoriamente sobre la espesura. Senderos de piedra serpenteantes recorrían prolijamente el lugar, iluminado tenuemente por faroles esféricos dispuestos también de forma imprecisa. Aníbal lo recorría de memoria. Hasta podía hacerlo con los ojos cerrados. Pero no quería cerrar los ojos, sabía que ella estaba ahí, cada vez que cerraba los ojos, en su mente en sus sueños como un verdugo. El gato lo miraba fijo agazapado.
- Ya puedes irte Rogelio- susurró como para no romper la armonía del lugar, hogar también de loros, pavos reales y algunas otras aves.
La noche avanzaba, y, aunque no había brisa, el aire se tornaba frío, así que volvió adentro.
Aníbal caminó en la oscuridad hacia la sala de estar recordando que otra vez se había olvidado de avisarle a Rogelio que encendiera el fogón antes de irse. Pero inmediatamente cayó en cuenta de la vanidad de dicha preocupación, concluyendo que Rogelio lo habría encendido de todos modos, como de costumbre.
Así fue, efectivamente. Resignado al hecho de que no podría conciliar el sueño tomó en sus manos una copa de vodka y se acurrucó en su sillón predilecto, junto al fuego. Fija la mirada en el rojo vivo de las brasas, la imagen de Ana volvió a atormentarlo. Recuerdos imborrables. Tenía los ojos rojos de no dormir, de hacer vigilia, con tal de no encontrarse con ella. El servirse otro vodka era casi una tarea involuntaria. La noche avanzaba y los ventanales ofrecían una amplia visual de la inercia exterior, solo interrumpida por el suave balanceo de algunos árboles que cedían ante las brisas ocasionales.
Las brasas casi extintas liberaban un humo delicado que entretejía siluetas y garabatos entreteniendo su vista. El sonido proveniente del péndulo del reloj se hacia mas perceptible ahora que el fuego había muerto. La botella de vodka ya estaba vacía. El gato lo miraba desde afuera fantasmal, lo asechaba cual cazador a su presa. Recordó las paginas amarillentas del álbum de estampas postales. Pensó en que se había olvidado de vaciar la bañera. Ana volvió insistente y maldita en la oscuridad de la noche a su mente, como el gato negro que se deslizaba por el cristal de la ventana pidiendo entrar. Sus labios temblaron y finalmente cedió. Abrió la ventana al gato y también a Ana. Subió las escaleras lentamente. Volvió a ingresar en el baño y corroboró junto con Ana que realmente se había olvidado de vaciar la bañera. Pero no sacó el tapón. Aníbal volvió a sumergirse en el agua helada, con el secador de pelo entre las manos.

sábado, 27 de febrero de 2010

Lo copado y lo No copado de las últimas semanas



Soñar despierto es copado. Que tu mama te llame a las nueve de la mañana y te despierte en el medio de un sueño no es copado.
Prepararte para un examen escrito y ser uno de los pocos en aprobarlo es copado. Que después te avisen que hay una "segunda etapa" oral y te bochen no es copado.
Recostarte en la naturaleza y quedarte dormido es copado, despertarte lleno de picaduras de mosquitos no es copado.
Tener que decirle por enesima vez a tu ortodoncista que perdiste el papelito del turno no es copado. Que ella se adelante y te llame primero para decirte que tiene que cambiarte el turno que te dio es copado.
Ponerte las pilas con el entrenamiento antes de una sesion de fotos y empezar a comer bien y ver resultados es copado. Que te agarre una descompostura unas semanas antes y tener que hacer dieta liviana te caga todo y no es copado.
Invitar a tu ex a bailar y que suspenda un compromiso para acompañarte es copado. Que te llame una hora antes y te diga que solos se van a aburrir y que esta con un chabon y tener que decirle "lo dejamos para otro dia" no es copado. Que a los diez minutos una amiga te invite a ese boliche y que la pases bomba es muy copado.
Que llegue tu amiga de chile es copado. Que no la puedas ver hasta que terminen de rendir no es copado.
Encontarte en el boliche a esa persona con quien tuviste algo que no funcionó y que haya la mejor onda es copado. Cruzarte cuando vas al mercado con ese hijo de puta que te cagó y que anda por tu barrio a pesar de que le dijiste que no lo queres ver mas no es nada copado. Que te chupe un huevo es copado.

Frases celebres de estas semanas:

"la gente te obliga a violarla!"

" si me dieran un centavo cada vez que alguien me come con la mirada ya sería rico"

"cuando encuentro cosas en la calle soy ten feliz!"

jueves, 25 de febrero de 2010

Mundos


Mundos

Existen mundos dentro de mundos.
Mundos de goma espuma, luminosos
Dentro, mundos de cartón, cálidos.

Los hay coloridos o apagados y desérticos
Yo tengo unos cuantos,
Chiquitos y muy grandes

Hay uno azulado mediano que me preocupa
No tiene habitantes ni relieves
No tiene agua y no gira.

Hay uno que me molesta, es colorido,
Aun así me molesta. Es ruidoso y hay que acallarlo
A veces lo destruyo un poco.

Cientos de ventanas o aves van y vuelven
En un mundo gris, latoso.
Es intrigante y sobrio, soberbio y ausente.

Ninguno tiene órbitas fijas, deambulan como pueden
A veces chocan y cae gente.
A veces están en perfecta sincronía. Muy pocas.

martes, 23 de febrero de 2010

epístola sobre el amor 1

Y es que hay que hablar de eso, hoy no se que porcentaje de mi vida ocupa (o desaloja) el amor. Mi amorómetro oscila irremediablemente de un punto a otro, pero hace rato que esta separándose del norte de cursilería para indicar una dirección diferente. Una brújula que marca ligeramente al nor-oeste, eso es lo que tengo. Y es que me esta querienbdo decir: ¡Abajo el amor! (con asociación forzada a Renné Zellweger incluida).
Nada (se me pegó esta muletilla), es que me siento como popeye después de una sobre dosis de espinaca. YO todo lo puedo, YO lo soy todo, YO no necesito a nadie, YO ¿estoy en mis cabales? ... no lo sé. Lo que si sé es que se siente bien no depender de ese norte seductor y tramposo de conveniencias egoístas (no me odies si estas enamorado/a). Al menos por ahora.
He tenido acaloradas discusiones sobre el tema, pero también tengo avalanchas de testimonios desfavorables de los pobres incautos que le dieron pal norte sin mirar por donde y terminaron con un tobillo torcido, los mas graves con la pata rota y el corazón en la mano. (No, no voy a hablar de ninguno acá, trankas) Bueh, estarán esperando algún descargue personal que nooo va a llegar!
¿Es un estado de ánimo?¿es una filosofía?¿es tan asi? Probablemente no a todo lo anterior, solo recomiendo que usemos un poco el marote y no nos dejemos engatuzar por la parte esa de la que no nos gusta hablar cuando hablamos de "amor". y que tengamos en cuenta que nadie es imprescindible! y que no importa lo que hagamos el amor viene y se va y nadie muere de amor... a ver: NADIE muere de amor. el que se muere de amor en realidad se muere de boludo.
Espero no sonar como el Hitler del amor o algo asi. bue, mañana rindo un examen y estoy divagando con el amor, la brujula y Reneé Zellwager. Pésimo lo mio. mejor me voy a dormir unas horitas.

lunes, 22 de febrero de 2010

La Lluvia


LA LLUVIA (uno de mis cuentos favoritos)

La lluvia continuaba. Era una lluvia dura, una lluvia constante, una lluvia minuciosa y opresiva. Era un chisporroteo, una catarata, un latigazo en los ojos, una resaca en los tobillos. Era una lluvia que ahogaba todas las lluvias, y hasta el recuerdo de las otras lluvias. Caía a golpes, en toneladas; entraba como hachazos en la selva y seccionaba los árboles y cortaba las hierbas y horadaba los suelos y deshacía las zarzas. Encogía las manos de los hombres hasta convertirlas en arrugadas manos de mono. Era una lluvia sólida y vidriosa, y no dejaba de caer.
-¿Cuánto falta, teniente?
-No se. Un kilómetro, diez kilómetros, mil kilómetros.
-¿No está seguro?
-¿Cómo puedo estarlo?
-No me gusta esta lluvia. Si supiésemos, por lo menos, a qué distancia está la cúpula
solar, me sentiría mejor.
-Faltará una hora o dos.
-¿Lo cree usted de veras, teniente?
-¿O miente para animarnos?
-Miento para animarlos. ¡Cállese!
Los dos hombres estaban sentados bajo la lluvia. Detrás de ellos había otros dos,
empapados, cansados, derruidos, como arcilla deshecha.
El teniente abrió los ojos. Tenía una cara que alguna vez había sido morena. La lluvia la había blanqueado. La lluvia la había quitado el color de los ojos. Tenía los ojos blancos, blancos como los dientes, blancos como el pelo. El teniente era todo blanco. Hasta el uniforme se le estaba volviendo blanco, y quizá también un poco verde, a causa de los hongos.
El teniente sintió la lluvia en las mejillas.
-¿Cuándo habrá dejado de llover en Venus? Hace muchos años quizá.
-No desvaríe -dijo otro de los hombres-. En Venus nunca deja de llover. Llueve y llueve. He vivido aquí durante diez años, y no ha habido un minuto, ni siquiera un segundo, sin estos chaparrones.
-Como si viviéramos debajo del agua -dijo el teniente, y se incorporó ajustándose las
armas al cinturón-. Bueno, será mejor que sigamos. Pronto llegaremos a esa cúpula.
-O no llegaremos -dijo el cínico.
-Sólo falta una hora, más o menos.
-Ahora trata de mentirme a mí, mi teniente.
-No, me miento a mí mismo. A veces es necesario mentir. No aguantaré mucho más.
Los hombres se metieron en la selva, mirando sus brújulas de cuando en cuando. No
había ningún punto de referencia, sólo lo que señalaba la brújula. Un cielo gris, y la lluvia, y la selva, y algún claro entre los árboles, y detrás de ellos, muy lejos, en alguna parte, el cohete destrozado. El cohete en el que yacían dos de sus compañeros, muertos, y chorreando lluvia.
Los hombres caminaron en fila india, sin hablarse. De pronto, llegaron a la orilla de un río, ancho, aplastado y de aguas oscuras, que corría hacia el mar Único. La lluvia cubría la superficie del río con un billón de puntos.
-Vamos, Simmons -dijo el teniente.
Hizo una seña, y Simmons sacó un paquete que bajo la acción de alguna sustancia
química se infló hasta formar un bote. El teniente dirigió el corte de algunas maderas y la rápida construcción de unos remos y los hombres se lanzaron al río, remando rápidamente, a través de las aguas tranquilas, bajo la lluvia.
El teniente sintió la lluvia fría en las mejillas, en el cuello y en los móviles brazos. El frío le llegó a los pulmones. Sintió la lluvia en las orejas, en los ojos, en las piernas.
-No dormí nada anoche -murmuró.
-¿Quién pudo dormir? ¿Quién? ¿Cuándo? ¿Cuántas noches sin sueño? ¡Treinta
noches! ¡Treinta días! ¿Quién puede dormir mientras la lluvia le rebota a uno en el
cráneo? No sé qué daría por un sombrero. Cualquier cosa, con tal de que la lluvia dejara de golpearme. Me duele la cabeza. Continuamente.
-Lamento haber venido a la China -dijo otro.
-Nunca oí que Venus se llamase la China.
-Sí, la China. La hidroterapia china. ¿No recuerdas aquella antigua tortura? Te atan
contra un muro. Cada media hora te cae una gota en la cabeza. Te vuelves loco esperando la próxima gota. Bueno, lo mismo pasa en Venus, sólo que en gran escala. No hemos nacido para vivir en el agua. No se puede dormir, no se puede respirar, y uno se vuelve loco al sentirse empapado. Si hubiésemos podido prever ese accidente, hubiéramos traído impermeables y sombreros. Lo peor es esta lluvia que te golpea la cabeza. Es tan pesada. Es como un cañonazo. No sé si podré aguantarlo mucho tiempo.
-Oh, ¡si encontráramos una cúpula solar! El hombre que inventó esas cúpulas tuvo una
buena idea.
Los hombres atravesaban el río, y pensaban, mientras tanto, en la cúpula solar que
estaba en alguna parte, ante ellos. Una cúpula resplandeciente bajo la lluvia selvática.
Una casa amarilla, redonda y brillante como el sol. Una casa de cinco metros de alto por treinta de diámetro. Calor, paz, comida caliente, y un refugio contra la lluvia. Y en el centro de la cúpula brillaba, es claro, el sol. Un globo de fuego amarillo que flotaba libremente en lo alto del edificio. Y mientras uno fumaba o leía o bebía el chocolate caliente con burbujas de crema, se podía mirar el sol. Allí estaba, amarillo, del mismo tamaño que el sol terrestre, cálido, continuo. Dentro de esa casa. mientras pasaban ociosamente las horas, era fácil olvidarse del mundo lluvioso de Venus.
El teniente se volvió y miró a los tres hombres que remaban apretando los labios.
Estaban tan blancos como setas, tan blancos como él. Venus lo blanqueaba todo en sólo
unos meses. Hasta la selva era un enorme papel blanco con unas pocas líneas un poco
menos blancas: un dibujo de pesadilla. Cómo podía ser verde, si no había sol, si la lluvia caía sin cesar en un permanente crepúsculo. La selva blanca, blanca, y las hojas del color del queso y la tierra como húmedos trozos de queso Camembert y los troncos de los árboles como tallos de setas gigantescas... todo negro y blanco. ¿Y cuándo veían el suelo? ¿No era casi siempre un arroyo, un pantano, un estanque, un lago, un río, y luego, por fin, el mar?
-Llegamos.
Los hombres saltaron a tierra, chapoteando. Desinflaron el bote e hicieron de él un
paquete. Luego, de pie junto a la orilla lluviosa, trataron de fumar. Pasaron unos cinco minutos antes que, estremeciéndose, con el encendedor invertido y protegido por las manos, pudieran aspirar unas pocas bocanadas de unos cigarrillos que se mojaban rápidamente y que una repentina ráfaga de lluvia les arrancaba de la boca.
Echaron a caminar.
-Un momento -dijo el teniente-. Creo haber visto algo ahí adelante.
-¿La cúpula solar?
-No estoy seguro. La lluvia se cerró en seguida.
Simmons comenzó a correr.
-¡Simmons, vuelva!
Simmons desapareció bajo la lluvia. Los otros lo siguieron.
Encontraron a Simmons en un claro de la selva. Se detuvieron y miraron a Simmons, y
lo que Simmons había descubierto.
El cohete. Allí estaba, donde lo habían dejado. Habían dado, de algún modo, una vuelta completa, y se encontraban otra vez en el punto dc partida. Entre los restos del cohete yacían los dos cadáveres. Unas algas verdes les salían de las bocas. Se quedaron mirándolos, y las algas florecieron. Los pétalos se desplegaron bajo la lluvia, y las plantas comenzaron a morir.
-¿Cómo hemos vuelto?
-Una tormenta eléctrica, probablemente. La electricidad desarregló nuestras brújulas.
Eso lo explica todo.
-Puede ser.
-¿Qué haremos ahora?
-Empezar de nuevo.
-¡Dios mío! ¡Estamos tan lejos como antes!
-Calma, Simmons.
-¡Calma, calma! ¡Esta lluvia me enloquece!
-Tenemos bastante comida como para dos días, si no nos excedemos.
La lluvia bailó sobre la piel de los hombres, sobre los trajes empapados. La lluvia les corrió por las narices y las orejas, por los dedos y las rodillas. Parecían unas fuentes de piedra rodeadas de árboles. Echaban agua por todos los poros.
Y mientras estaban allí, mirando el cohete, oyeron un lejano rugido.
Y el monstruo salió de la lluvia.
El monstruo se alzaba sobre un millar de eléctricas patas azules. Caminaba
rápidamente, terriblemente Cada paso era un golpe. Donde se posaba una pata, un árbol
caía fulminado. El aire se llenó de bocanadas de humo. La lluvia aplastaba las débiles humaredas. El monstruo tenía mil metros de altura y quinientos de ancho, e iba de un lado a otro como un gigante ciego. A veces durante unos instantes, no tenía ninguna pata. Y en seguida, en un segundo, mil látigos le salían del vientre, látigos azules y blancos que herían la selva.
-La tormenta eléctrica -dijo uno de los hombres-. Arruinó las brújulas. Y viene para
aquí.
-Échense todos -dijo el teniente.
-¡Corran! -gritó Simmons.
-No pierda la cabeza, Simmons. Échense. La tormenta sólo golpea los lugares
elevados. Quizá salgamos ilesos. Echémonos aquí, lejos del cohete. Descargará ahí toda su fuerza y pasará sin tocarnos. ¡Cuerpo a tierra!
Los hombres se echaron al suelo.
-¿Viene? -se preguntaron después de un rato.
-Viene.
-¿Está cerca?
-A unos doscientos metros.
-¿Más cerca?
-¡Aquí está!
El monstruo llegó y se detuvo sobre ellos. Diez relámpagos azules golpearon el cohete. La nave se estremeció como un gong y dejó escapar un eco metálico. El monstruo lanzó otros quince relámpagos que bailaron alrededor del cohete, en una ridícula pantomima, palpando la selva y el suelo barroso.
-¡No! ¡No!
Uno de los hombres se puso de pie.
-¡Échese, idiota! -le gritó el teniente.
-¡No!
Los relámpagos golpearon la nave una docena de veces. El teniente volvió la cabeza
sobre el brazo y vio las enceguecedoras llamaradas azules. Vio cómo se abrían los
árboles y caían en pedazos. Vio la monstruosa nube oscura que giraba como un disco
negro y arrojaba otro centenar de lanzas eléctricas.
El hombre que se había puesto de pie corría ahora, como por una sala de columnas.
Corría zigzagueando entre ellas, hasta que al fin doce de esas columnas se abatieron
sobre él, y se oyó el sonido de una mosca que se posa sobre un alambre incandescente.
El teniente había oído ese sonido en su infancia, en una granja. Y en seguida se sintió el olor de un hombre reducido a cenizas.
El teniente bajó la cabeza.
-No miren -les dijo a los otros.
Tenía miedo de que también ellos echaran a correr.
La tormenta descargó sobre los hombres una nueva serie de relámpagos, y luego se
alejó. Y otra vez volvió a sentirse sólo la lluvia. El agua limpió el aire rápidamente y borró el olor de la carne chamuscada. Y los tres sobrevivientes se sentaron a esperar a que se les calmaran los sobresaltados corazones.
Luego se acercaron al cuerpo, pensando que quizá podrían salvarle la vida. No podían
creer que no fuese posible ayudarlo. Era una actitud natural. No admitieron la muerte
hasta que la tocaron, pensaron en ella, y empezaron a discutir si debían enterrar el
cadáver o dejarlo allí para que la selva misma lo sepultara con las hojas que crecerían en no más de una hora.
El cuerpo del hombre era un hierro retorcido envuelto en un cuero chamuscado.
Parecía un maniquí de cera, metido en un incinerador y retirado en seguida, cuando la
cera comenzaba a aplastarse alrededor del esqueleto de carbón. Sólo la dentadura era
blanca. Los dientes brillaban como un raro brazalete blanco, caído a medias sobre un
puño apretado y negro.
-No debió correr -dijeron todos, casi al mismo tiempo.
Y mientras miraban el cadáver, la vegetación creció rápidamente a su alrededor,
ocultándolo con hiedras, enredaderas y hasta flores para el hombre muerto.
A lo lejos, la tormenta corrió sobre relámpagos azules, y desapareció.
Los hombres cruzaron un río, y un arroyo, y un torrente, y otros doce ríos, y más
torrentes y arroyos. Nuevos ríos nacían continuamente ante sus ojos, y los viejos ríos alteraban su curso... Ríos del color del mercurio, ríos del color de la plata y la leche. Los ríos corrían hacia el mar.
El mar Único. En Venus sólo había un continente. Una tierra de cuatro mil kilómetros de largo por mil kilómetros de ancho, y alrededor de esta isla, sobre el resto del lluvioso planeta, se extendía el mar Único. El mar Único, que golpeaba levemente las costas pálidas...
-Por aquí. -El teniente señaló el sur-. Podría asegurar que allá hay dos cúpulas solares.
-¿Ya que empezaron por qué no construyeron cien cúpulas más?
-Hay ciento veinte cúpulas, ¿no?
-Ciento veintiséis, hasta el mes pasado. Hace un año trataron de que el Congreso
votara una ley para construir otras dos docenas; pero, oh, no, ya conocen la musiquita. Prefirieron que la lluvia enloqueciera a algunos hombres.
Partieron hacia el sur.
El teniente y Simmons y el tercer hombre, Pickard, caminaron bajó la lluvia. bajo la
lluvia que caía pesadamente y dulcemente, bajo la lluvia torrencial e incesante que caía a martillazos sobre la tierra y el mar y los hombres en marcha.
Simmons fue el primero en verla.
-¡Allá está!
-¿Qué?
-¡La cúpula solar!
El teniente parpadeó sacándose el agua de los ojos, y alzó las manos para protegerse
de las mordeduras de la lluvia.
A lo lejos, a orillas de la selva, junto al océano, se veía un resplandor amarillo. Se trataba, indudablemente, de una cúpula solar.
Los hombres se sonrieron.
-Parece que tenía razón, teniente.
-Suerte.
-Oigan, al verla me siento otra vez lleno de vida.
-¡Vamos! ¡El último en llegar es un hijo de perra!
Simmons comenzó a trotar. Los otros lo siguieron automáticamente, sin aliento,
cansados, pero sin dejar de correr.
-Para mí un tazón de café -jadeó Simmons, sonriendo-. Y una hornada de pan, ¡dioses!
Y luego acostarse y dejar que el sol caiga sobre uno. ¡El hombre que inventó la cúpula solar merece una medalla!
Corrieron con mayor rapidez. El resplandor amarillo se hizo aún más brillante -¡Pensar
que tantos hombres enloquecen antes de encontrar el remedio! Y sin embargo es tan
sencillo. -Las palabras de Simmons siguieron el ritmo de sus pasos-. ¡Lluvia, lluvia! Hace años. Encontré‚ un amigo. En la selva. Caminando. Bajo la lluvia. Diciendo una y otra vez:
«No sé qué hacer, para salir, de esta lluvia. No sé qué hacer, para salir, de ésta lluvia. No sé qué hacer...» Y así seguía. Sin detenerse. Pobre loco.
-¡Ahórrese fuerzas!
Los hombres corrieron..
Todos se reían. Llegaron, riéndose, a la puerta de la cúpula solar.
Simmons empujó la puerta.
-¡Eh! -gritó-. ¡Traigan el café y los bizcochos!
Nadie respondió.
Los hombres atravesaron el umbral.
La cúpula estaba desierta y en sombras. Ningún sol sintético flotaba, con su silbido de gas, en lo alto del cielo raso azul. Ninguna comida estaba esperando. En la habitación reinaba el frío, como en una tumba. Y a través de mil agujeros, abiertos recientemente en el techo, entraba el agua, y las gotas de lluvia empapaban las gruesas alfombras y los pesados muebles modernos, y estallaban sobre las mesas de vidrio. La selva crecía en la habitación, como un musgo, en lo alto de las bibliotecas y en los hondos divanes. La lluvia se introducía por los agujeros y caía sobre los rostros de los tres hombres. Pickard empezó a reírse dulcemente.
-Cállese, Pickard.
-Oh, dioses, miren lo que estaba esperándonos... Nada de sol, nada de comida, nada.
¡Los venusinos! ¡Por supuesto! ¡Es obra de ellos!
Simmons asintió con un movimiento de cabeza. El agua le corrió por el pelo plateado y
por las cejas blancas.
-Una vez cada tanto los venusinos salen del mar y atacan las cúpulas. Saben que si
acaban con las cúpulas acabarán también con nosotros.
-¿Pero las cúpulas no están protegidas con armas?
-Por supuesto. -Simmons se dirigió hacia un lugar un poco menos mojado que los
otros-. Pero desde el último ataque han pasado cinco años. Se descuidaron las defensas.
Sorprendieron a estos hombres.
-¿Pero dónde están los cadáveres?
-Los venusinos se los llevaron al mar. He oído decir que lo ahogan a uno con un
método delicioso. Tardan cuatro horas. Realmente delicioso.
Pickard se rió.
-Apuesto a que aquí no hay comida.
El teniente frunció el ceño y señaló a Pickard con un movimiento de cabeza, mirando a
Simmons. Simmons hizo un gesto y entró en un cuarto, a un lado de la sala redonda. En
la cocina había mojadas rodajas de pan y trozos de carne donde crecía un vello verde.
La lluvia entraba por unos agujeros abiertos en el techo.
-Magnífico. -El teniente miró los agujeros-. Me parece que no podríamos tapar esos
agujeros e instalarnos aquí.
-¿Sin comida, señor? -gruñó Simmons-. La máquina solar está rota. Sólo nos queda
buscar la próxima cúpula. ¿Está muy lejos?
-No mucho. Recuerdo que en esta región construyeron dos no muy alejadas la una de
la otra. Quizá si esperásemos aquí, una dotación de la otra cúpula podría...
-Ya han estado aquí probablemente. Enviarán algunos hombres para reparar el lugar
dentro de unos seis meses, cuando el Congreso vote el dinero. Me parece que no nos
conviene esperar.
-Muy bien. Entonces nos comeremos el resto de las raciones y nos pondremos en
seguida en camino.
-Si por lo menos la lluvia no me golpeara la cabeza -dijo Pickard-. Sólo por unos
minutos... Si pudiera recordar en qué consiste sentirse tranquilo. -Pickard se apretó la
cabeza con ambas manos-. Recuerdo que cuando iba a la escuela un granuja que se
sentaba detrás de mí me pinchaba y me pinchaba y me pinchaba cada cinco minutos,
todo el día. Y así durante semanas y meses. Yo tenía siempre los brazos lastimados, con
manchas negras o azules y pensaba que esos pinchazos terminarían por volverme loco.
Un día, perdí la cabeza y me volví en mi asiento con una escuadra de metal que usaba en
las clases de dibujo técnico, y casi lo mato a aquel bastardo. Casi le saco la cabeza. Casi
le arranco un ojo. Me echaron de la clase, mientras yo gritaba: «¿Por qué no me deja
tranquilo? ¿Por qué no me deja tranquilo?» -Pickard se apretaba los huesos de la cabeza
con ambas manos. Cerraba los ojos-. ¿Pero qué puedo hacer ahora? ¿A quien voy a
golpear, a quién le diré que se vaya, que deje de molestarme? ¡Esta lluvia maldita, como
aquellos pinchazos, siempre sobre uno! ¡No se oye nada más! ¡No se siente nada más!
-Llegaremos a la otra cúpula solar a las cuatro de la tarde.
-¿Cúpula solar? ¡Miren ésta! ¿Y si todas las cúpulas de Venus estuviesen así, eh? ¿Y
si hubiese agujeros en todos los techos? ¿Y si entrara la lluvia en todas las cúpulas?
-Tenemos que correr ese riesgo.
-Estoy cansado de correr riesgos. Sólo quiero un techo y un poco de descanso. Que
me dejen en paz.
-Llegaremos dentro de ocho horas, si aguanta hasta entonces.
-No se preocupen. Aguantaré muy bien -dijo Pickard y se echó a reír sin mirar a sus
compañeros.
-Comamos -dijo Simmons, observándolo.
Caminaron por la costa, siempre hacia el sur. A las cuatro horas tuvieron que internarse
en la selva para evitar un río de más de un kilómetro de ancho, y de aguas demasiado
rápidas. Recorrieron unos ocho kilómetros y llegaron a un sitio en que el río surgía
abruptamente de la tierra, como de una herida mortal. Volvieron al océano bajo la lluvia.
-Tengo que dormir -dijo Pickard al fin. Se derrumbó-. No he dormido en cuatro
semanas. He probado, pero no puedo. Durmamos aquí.
El cielo estaba oscureciéndose. Caía la noche en Venus, una noche tan negra que todo
movimiento parecía peligroso. Simmons y el teniente cayeron también de rodillas.
-Bueno -dijo el teniente-, veremos qué se puede hacer. Ya lo hemos intentado antes,
pero no sé... Este clima no parece invitar al sueño.
Los hombres se tendieron en el barro, tapándose las cabezas para que el agua no les
entrara por las bocas. Cerraron los ojos. El teniente se estremeció.
No podía dormir.
Algo le corría por la piel. Algo crecía sobre él, en capas. Caían unas gotas, sobre otras gotas, y todas se unían formando unos hilos de agua que le corrían por el cuerpo. Y mientras, las raíces de las plantas se le metían en la ropa. Sintió que la hiedra lo cubría con un segundo traje; sintió que los capullos de las florecitas se abrían, y que caían los pétalos. Y la lluvia seguía y seguía, golpeándole el cuerpo y la cabeza. En la noche luminosa (pues la vegetación brillaba ahora en la oscuridad) podía ver las figuras de los
otros dos hombres, como troncos caídos cubiertos por un manto de hierbas y flores. La
lluvia le golpeó la cara. Se cubrió la cara con las manos. La lluvia le golpeó entonces el cuello. Se volvió boca abajo, en el barro, entre las plantas de tejidos elásticos, y la lluvia le golpeó la espalda y las piernas.
El teniente se incorporó y comenzó a sacudirse el agua del cuerpo. Mil manos lo
estaban tocando, y no quería que lo tocaran. Ya no lo aguantaba más. Trastabilló y chocó contra alguien. Era Simmons, de pie bajo la lluvia. Simmons escupía, tosía y estornudaba.
Y en seguida Pickard, gritando, se incorporó y echó a correr.
-¡Un momento, Pickard!
-¡Basta! ¡Basta! -gritaba Pickard. Disparó seis veces su arma contra el cielo de la
noche. En el resplandor de la pólvora, durante un instante, con cada detonación, los
hombres pudieron ver ejércitos de gotas de lluvia. como incrustadas en una vasta e
inmóvil piedra de ámbar, como sorprendidas por la explosión. Quince billones de gotitas, quince billones de lágrimas, quince billones de joyas en una vitrina forrada de terciopelo blanco. Y luego, cuando la luz desapareció, las gotas que se habían detenido para ser fotografiadas, que habían suspendido su rápido descenso, cayeron sobre los hombres, como una nube de voraces insectos, fría y dolorosa.
-¡Basta! ¡Basta!
-¡Pickard!
Pero Pickard ya no se movía.
El teniente encendió una linterna e iluminó el rostro húmedo de Pickard. El hombre
tenía los ojos desorbitados y la boca abierta, y el rostro vuelto hacia arriba, de modo que
el agua le golpeaba la lengua y le estallaba en la boca, y le lastimaba y le mojaba los ojos abiertos, y le salía en burbujas de la nariz como un murmullo espumoso.
-¡Pickard!
Pickard no contestó. Se quedó allí, sin moverse, mientras las pompas de la lluvia se
rompían sobre su pelo descolorido, y los collares y las pulseras del agua se le
desprendían del cuello y las muñecas.
-¡Pickard! Nos vamos. Síganos.
La lluvia resbalaba por las orejas de Pickard.
-¿Me oye, Pickard?
Como si estuviese gritando dentro de un pozo.
-¡Pickard!
-Déjelo -murmuró Simmons.
-No podemos seguir sin él.
-¿Y qué vamos a hacer? ¿Llevarlo a la rastra? -exclamó Simmons-. Será totalmente
inútil. Tanto para él como para nosotros. ¿Sabe qué hará? Se quedará ahí hasta
ahogarse.
-¿Qué?
-Debía saberlo. ¿No conoce la historia? Se quedará ahí, con la cabeza levantada, y
dejará que el agua le entre por la nariz y la boca. Respirará agua.
-No.
-Así lo encontraron al general Mendt. Sentado en una roca, con la cabeza echada hacia
atrás, respirando lluvia. Tenía los pulmones llenos de agua.
El teniente volvió a iluminar aquel rostro inmóvil.
De la nariz de Pickard salía un sonido húmedo.
-¡Pickard! -El teniente lo abofeteó.
-No puede sentirlo -dijo Simmons-. Unos pocos días bajo esta lluvia y uno ya no tiene ni cara ni piernas ni manos.
El teniente se miró horrorizado la mano. No la sentía.
-Pero no podemos dejarlo aquí.
-Le enseñaré qué podemos hacer.
Simmons disparó su arma.
Pickard cayó en un charco.
-No se mueva, teniente -dijo Simmons-. Tengo el arma cargada. Reflexione. Pickard se
hubiese quedado ahí, de pie o sentado, hasta ahogarse. Esto es más rápido.
El teniente miró parpadeando el cuerpo de Pickard.
-Pero usted lo mató.
-Sí, porque se hubiese convertido en una carga, y hubiese terminado con nosotros. ¿Le
vio la cara? Estaba loco.
Pasó un rato, y al fin el teniente asintió.
-Bueno.
Los dos hombres volvieron a caminar bajo la lluvia.
En la noche sombría, las linternas lanzaban unos rayos que apenas atravesaban la
lluvia. Después de media hora tuvieron que detenerse devorados por el hambre, y esperar la llegada del alba. Cuando amaneció, la luz era gris, y seguía lloviendo. Los hombres se pusieron otra vez en camino.
-Hemos calculado mal -dijo Simmons.
-No. Falta una hora.
-Hable más fuerte. No puedo oírlo. -Simmons se detuvo y sonrió-. Por Cristo -dijo, y se tocó las orejas-. Mis orejas. Ya no las tengo. Esta lluvia me pelará hasta los huesos.
-¿No oye nada? -dijo el teniente.
-¿Qué? -Los ojos de Simmons parecían asombrados.
-Nada. Vamos.
-Creo que esperaré aquí. Siga usted adelante.
-No puede hacer eso.
-No lo oigo. Siga usted. No puedo más. No creo que haya una cúpula por estos lados.
Y si la hubiese, tendrá probablemente el techo lleno de agujeros, como la otra. Creo que voy a sentarme.
-¡Levántese, Simmons!
-Hasta luego, teniente.
-¡No puede abandonar ahora!
-Tengo un arma que dice que sí. Ya nada me importa. No estoy loco todavía, pero no
tardaré mucho en estarlo. Y no quiero morir de ese modo. Tan pronto como usted se aleje dispararé contra mí mismo.
-¡Simmons!
-Oiga, es cuestión de tiempo. Morir ahora o dentro de un rato. ¿Qué le parece si al
llegar a la próxima cúpula se encuentra con el techo agujereado? Sería magnífico, ¿no?
El teniente esperó un momento, y al fin se fue, chapoteando bajo la lluvia. Se volvió
una vez y llamó a Simmons, pero el hombre siguió allí, con el arma en la mano,
esperando a que el teniente se perdiera de vista. Simmons sacudió la cabeza y le hizo
una seña como para que siguiera caminando.
El teniente no oyó ni siquiera la detonación.
Mientras caminaba masticó unas flores. No eran venenosas ni tampoco muy nutritivas.
Las vomitó un minuto después.
Trató de hacerse un sombrero con hojas. Pero ya lo había intentado otras veces. La
lluvia le disolvió las hojas sobre la cabeza. Desprendidas de sus tallos las hojas se le pudrían rápidamente entre los dedos, transformándose en una masilla gris.
-Otros cinco minutos -se dijo a sí mismo-. Otros cinco minutos y luego me meteré en el mar y seguiré caminando. No estamos hechos para esto. Ningún terrestre ha podido ni podrá soportarlo. Los nervios, los nervios.
Avanzó tambaleándose por un mar de fango y follaje, y subió a una loma.
A lo lejos, entre los finos velos del agua, se veía una débil mancha amarilla.
La otra cúpula solar.
A través de los árboles, muy lejos, un edificio redondo y amarillo. El teniente se quedó mirándolo, tambaleante.
Echó a correr. y volvió a caminar. Tenía miedo. ¿Y si fuese la misma cúpula? ¿Y si
fuese la cúpula muerta, sin sol?
El teniente resbaló y cayó al suelo. Quédate ahí, pensó. Te has equivocado. Todo es
inútil. Bebe toda el agua que quieras.
Pero se incorporó otra vez. Cruzó varios arroyos, y el resplandor amarillo se hizo más intenso, y echó a correr otra vez, quebrando con sus pisadas espejos y vidrios, y lanzando al aire, con el movimiento de los brazos, diamantes y piedras preciosas.
Se detuvo ante la puerta amarilla donde se leía CÚPULA SOLAR. Extendió una mano
entumecida y la tocó. Movió el pestillo y entró, tambaleándose.
Miró a su alrededor. Detrás de él, en la puerta, los torbellinos de la lluvia. Ante él, sobre una mesa baja, un tazón plateado de chocolate caliente, humeante, y una fuente llena de bizcochos. Y al lado, en otra fuente, sándwiches de pollo y rodajas de tomate y cebollas verdes. Y en una percha, el frente, una gran toalla turca, verde y gruesa, y un canasto para guardar las ropas mojadas. Y a la derecha, una cabina donde unos cálidos rayos secaban todo, instantáneamente. Y sobre una silla, un uniforme limpio que esperaba a alguien, a él o a cualquier otro extraviado. Y allá, más lejos, el café que humeaba en recipientes de cobre, y un fonógrafo del que nacía una música serena, y unos libros encuadernados en cuero rojo o castaño. Y cerca de los libros, un sofá blando y hondo donde podía acostarse, desnudo, a absorber los rayos de ese objeto grande y brillante que dominaba la habitación.
Se llevó las manos a los ojos. Vio a otros hombres que se acercaban a él, pero no les
dijo nada. Esperó, abrió los ojos y miró. El agua le caía a chorros del uniforme y formaba un charco a sus pies. Sintió que el pelo, la cara, el pecho, los brazos y las piernas se le estaban secando.
El teniente miraba el sol.
El sol colgaba en el centro del cuarto, grande y amarillo, y cálido. Era un sol silencioso, en una habitación silenciosa. La puerta estaba cerrada y la lluvia era sólo un recuerdo para su cuerpo palpitante. El sol estaba allá arriba, en el cielo azul de la habitación, cálido, caliente, amarillo, y hermoso.
El teniente se adelantó, arrancándose las ropas.

Ray Bradbury (El hombre ilustrado)

martes, 16 de febrero de 2010

El castillo que hizo PLAFF!




Había una vez, en un reino muy lejano (tan pero tan lejano, que lo llamaremos “Reino Lejano”), un Rey muy pero muy bueno (tan pero tan bueno que lo llamaremos “Buenazo”). Buenazo quería mucho a sus súbditos, y ellos también lo amaban, porque era muuuy bueno con ellos. El Rey ofrecía grandes banquetes al pueblo. Vagabundos nunca se veían en Reino Lejano (Ni siquiera aparecía la palabra en el diccionario). Buenazo Tenía un solo hijo: Buenito.(Que de buenito no tenia nada).
Todos amaban a Buenazo. Hasta que un día un niño le contó un chiste muuuy pero muuuy gracioso al rey (era tan gracioso que no lo puedo decir). El Rey lo escucho muy alegre, y rió. Rió tanto, tanto que murió, murió de alegría.
Los súbditos que estaban presentes reían tanto que no podían hacer nada por el rey. Entonces llegó Buenito. Al ver la situación se enojo tanto que mando a matar al niño y los súbditos presentes. Y emitió un decreto que prohibía reír y mucho menos contar chistes en lugares públicos. No lloró mucho a su padre. Porque estaba muy ocupado haciendo reformas en Reino Lejano.
El nuevo rey impuso el doble de horas de trabajo a los Lejanenses y aumento los impuestos en un cuatrocientos porciento. La gente ya no era feliz en Reino Lejano. Buenito multiplico los ingresos del gobierno (en realidad sus propios ingresos) y no usaba un centavo para mejorar Reino Lejano, mas bien agrandaba mas y mas el castillo donde vivía.
Un día salió de su castillo a pedirle a la gente que le besara los pies. Entonces vio a una linda jovencita Lechera. Le pidió que se casara con el. Por supuesto Lidia (que así se llamaba la jovencita) se negó a esposarse de ese hombre avaro y falto de corazón. ¿Qué hizo Buenito? Lo que hace todo rico malcriado cuando no le dan lo que quiere. Lo compra. Así la pobre Lidia tuvo que ir a vivir al castillo con Buenito contra su voluntad.
Buenito contento mando ampliar mas y mas el castillo. Cuando Lidia entro por primera vez quedo boquiabierta (tan pero tan abierta que la lengua colgaba como un péndulo). Pidió un mapa al sirviente mas cercano y se fue a su habitación. Cuando llegó los ojos le brillaban. Su habitación era tan grande que si corría de una punta a la otra, tenia que hacer una pausa a mitad de camino para recuperar fuerzas. La cama era importada de la india fabricada en marfil macizo de elefantes rosados. Las paredes estaban bañadas en oro. Las manijas de las puertas eran de oro. Los resortes del colchón eran de oro. Las perchas del vestidor eran de oro, las teclas del teléfono eran de oro, hasta el filamento de las lamparillas era de oro.
Lidia miro cuidadosamente cada detalle hasta que un sirviente le aviso que el rey quería que bajara a cenar. Lidia bajo con la ayuda del mapa y allí estaba, el comedor. La mesa era tan grande que no podía ver si el rey ya estaba sentado en el otro extremo o si todavía no había llegado. Colgando sobre la mesa grandes arañas de diamantes. La silla era de oro puro con tantas incrustaciones de diamantes que pinchaban al sentarse. A los lados hermosos ventanales que daban a un exótico parque plagado de animales que Lidia ni siquiera se había imaginado que existían. Se sentó y de repente sonó el teléfono que estaba sobre la mesa. Era Buenito que llamaba desde el otro extremo de la mesa. Luego de que el rey le deseara una agradable velada llegó la comida. Tan elaborada que ni siquiera sabia que estaba comiendo. El chef le dijo que era una carne muy preciada de un animal extinto hace años conservada de una extraña manera. El problema era que el tenedor tenia tantas incrustaciones de piedras preciosas que no se podía pinchar la comida con el. Así que Lidia comió con la mano. Total, el rey no la podía ver. Cuando fue a limpiarse las manos vio que las servilletas estaban hechas con billetes de cien pesos. En realidad toda la habitación estaba empapelada de billetes de cien pesos. En el centro de la mesa una obra de arte tan pero tan preciosa que no se la podía mirar por mucho tiempo. De hecho era tan pero tan cara que el artista acepto firmar el contrato que estipulaba su muerte después de hecha la obra de arte, para asegurarse de que jamas se hiciera una obra parecida.
Lidia no estaba acostumbrada a tanto lujo, ella era una chica de campo, pero no tardo mucho en volverse amargada y avarienta como Buenito. Ambos, Rey y Reina hacían lo que querían con la gente de Reino Lejano. La gente estaba flaca, porque comía poco. Estaban cada vez mas pobres. Tan pero tan pobres que Buenito tenia miedo de que le entraran a robar. Por eso un día comenzó a levantar una enorme verja alrededor del castillo. La verja tenia cinco metros de alto y era de hierro muy macizo. La única persona que podía abrirla era Buenito, con un botón implantado en su mano izquierda. Además mando a traer dos leones salvajes del África que serían soltados en caso de emergencia por el único mayordomo del castillo, un pobre señor que solo podía pensar cosas buenas. Si pensaba en robar o hacerle daño de algún modo al Rey y la Reina, un chip insertado en su cabeza daba un impulso eléctrico que detonaba un pequeño explosivo ubicado en la ventricula derecha de su corazón provocándole una muerte súbita. Por las dudas, si el mayordomo moría, había un control remoto que abría y cerraba la jaula de los leones.
Así, Buenito y Lidia fueron haciéndose mas y mas obsesionados con esto de la seguridad, poco a poco fueron quedándose solos. El rey ya no hacía banquetes por miedo a que le robaran. Hasta Lidia dejó de recibir a sus amigos en el castillo por desconfianza. Hasta habían mandado a diseñar un sistema de “Encierro hermético absoluto”, que consistía en el sellado automático de las puertas del castillo con brea de secado rápido que se activaba con el sonido de la alarma e impedía al ladrón salir de la habitación.
Un buen día, el aniversario de bodas de Buenito y Lidia, organizaron una cena especial a la luz de la vela (para ellos solos, por supuesto ). Brindaron por la plata que habían ganado desde que se habían casado, y empezaron a planear que nueva habitación iban a anexar al castillo. El observatorio ya estaba terminado, igual el teatro y el acuario privados. Tanto pensaron, tanto pensaron que no se dieron cuenta de que las velas se habían consumido casi por completo y que el delicado mantel de plumas de pavo real alvino se estaba prendiendo fuego al otro extremo de la mesa. El fuego se hacia cada vez mas ardiente, hasta que sonó la alarma. Lidia volteo horrorizada. Ella y el Rey corrieron a la salida mas cercana, pero la habitación era tan grande que cuando llegaron ya se había activado el sistema de “Encierro hermético absoluto” Dado que la pared estaba tapizada de billetes de cien pesos se consumía como leña seca.
El mayordomo ni bien escucho la alarma dejo la cocina y soltó los leones. Lidia y Buenito querían tirar algún objeto contra el vidrio para romperlo, pero todo tenía tanto oro que era imposible de levantar. No sabían que hacer, pero allí venia el mayordomo de la cocina corriendo con el delantal todavía colocado ¡y hasta con la cuchilla en la mano! Rompió el vidrio con una roca y entró. Tomo a Lidia y la saco por el hueco cuidadosamente, el cristal estaba trizado y era tan grueso que, si se desmoronaba, podía matarlos a los tres. Paso Lidia lentamente. Fue el turno del Rey. Pero su panza gorda de tanta vida fácil se atoró y comenzó a trizar mas y mas el cristal. El mayordomo se corrió hacia atrás y una parte del cristal se desmoronó. ¡La mano izquierda del Rey quedó completamente aplastada entre cristales! – “¡¡Córteme la mano con el cuchillo AHORA!!”- Grito al mayordomo. Ni bien el mayordomo levanto el cuchillo la bomba de su ventricula se accionó y murió. El fuego comenzó a quemar a Buenito y este en un intento desesperado por escapar zarandeo el cristal que se desmorono completamente sobre el.
Lidia horrorizada abrió desmesuradamente la boca - ¡¡ NOOOOOOO!!, Mi vestido Verssalle se arruino con sangre!! Ni bien oyó la sirena de los bomberos, Lidia corrió hacia la puerta de la verja. Pero los bomberos no podían entrar. La verja estaba cerrada. Se detuvo unos segundos y contemplo melancólica como el castillo hizo ¡PLAFF!, entonces recordó que el único interruptor que la abría estaba en la mano izquierda de su esposo, inutilizable. Se desanimo un poco al recordarlo, pero ni bien vio a los dos leones salvajes corriendo hacia ella por el parquizado comenzó a rasguñar el hierro de la verja desesperada. Corrió por el limite de la verja gritando a voz en cuello que alguien la ayudara . Pero los bomberos no podían colocar la escalera, ya que la verja era demasiado alta para ello. Lidia se descarnó las uñas en el hierro en un frenético intento final de salvar su vida. Los bomberos cerraron los ojos ante la escena, y otros se taparon los oídos para no oír los desgarradores alaridos de la Reina, cuya imagen se iba desfigurando entre las fauces de los leones.

(Basado en el cuento de María Elena Walsh)