
La bañera de mármol en el baño azul estaba llena. Justo como él lo había pedido. Podía verse cálido el vapor, emanando del agua tibia. Las persianas de los ventanales totalmente abiertas. Donde concluía la escalerilla, también de mármol, que conectaba la bañera con el suelo de granito oscuro, una mantilla roja, como él lo había pedido. Las abundantes velas de colores tierra que rodeaban la circunferencia de la bañera estaban todas encendidas. Rogelio tampoco había olvidado la champaña y la copa de cristal con puntillas doradas predilecta, casi exclusiva para él en lo que respecta a bebidas blancas.
A pesar del esfuerzo de Rogelio, el mayordomo, Aníbal no estaba satisfecho en un cienporciento. No solo porque el baño verde estuviera siendo reparado y porque Rogelio se había olvidado de desenchufar y guardar el secador de pelo que, reposando en la mesada del lavamanos, rompía la armonía del ambiente, también porque el ocaso, que deseaba lo acompañara en la velada, era gris. Las nubes tapaban al sol que se separaba del cielo lentamente, para sumergirse en la tierra. Aníbal dejo caer la toalla y se sumergió sigiloso en el agua clara de la bañera. Comenzó a añadir algunas sales de baño y a relajarse. Miró el cielo a través de los cortinados y pensó. Pensó en lo que le esperaba al día siguiente con la llegada del cartero. Cuentas. Números. Ya casi podía oír el sonido de los dedos impactando en las teclas de la calculadora. Ya sentía ese olor a papel y plástico de los modernos envoltorios que transportaban las cuentas. Cerró un segundo los ojos y pensó en Ana. ¿Qué estaría haciendo? Sabía que jamás podría tenerla en sus brazos, sabía que le estaba prohibida. No quiso pensar más. Abrió los ojos de un sobresalto y miró la copa. Casi se estaba olvidando de la champaña. Bebió.
Mas tarde paseo por el jardín de atrás. Rogelio se encargó de prenderle todas las luces y la fuente de aguas, que se prendía solo cuando se salía a verla, porque era un gasto de energía innecesario. El jardín parecía estar diseñado para visitarlo de noche. Las múltiples enredaderas se mezclaban en un punto con los árboles formando espesas capas a lo alto que daban la ilusión de estar en una gran caverna. Las flores rojas y rosas dispuestas aleatoriamente sobre la espesura. Senderos de piedra serpenteantes recorrían prolijamente el lugar, iluminado tenuemente por faroles esféricos dispuestos también de forma imprecisa. Aníbal lo recorría de memoria. Hasta podía hacerlo con los ojos cerrados. Pero no quería cerrar los ojos, sabía que ella estaba ahí, cada vez que cerraba los ojos, en su mente en sus sueños como un verdugo. El gato lo miraba fijo agazapado.
- Ya puedes irte Rogelio- susurró como para no romper la armonía del lugar, hogar también de loros, pavos reales y algunas otras aves.
La noche avanzaba, y, aunque no había brisa, el aire se tornaba frío, así que volvió adentro.
Aníbal caminó en la oscuridad hacia la sala de estar recordando que otra vez se había olvidado de avisarle a Rogelio que encendiera el fogón antes de irse. Pero inmediatamente cayó en cuenta de la vanidad de dicha preocupación, concluyendo que Rogelio lo habría encendido de todos modos, como de costumbre.
Así fue, efectivamente. Resignado al hecho de que no podría conciliar el sueño tomó en sus manos una copa de vodka y se acurrucó en su sillón predilecto, junto al fuego. Fija la mirada en el rojo vivo de las brasas, la imagen de Ana volvió a atormentarlo. Recuerdos imborrables. Tenía los ojos rojos de no dormir, de hacer vigilia, con tal de no encontrarse con ella. El servirse otro vodka era casi una tarea involuntaria. La noche avanzaba y los ventanales ofrecían una amplia visual de la inercia exterior, solo interrumpida por el suave balanceo de algunos árboles que cedían ante las brisas ocasionales.
Las brasas casi extintas liberaban un humo delicado que entretejía siluetas y garabatos entreteniendo su vista. El sonido proveniente del péndulo del reloj se hacia mas perceptible ahora que el fuego había muerto. La botella de vodka ya estaba vacía. El gato lo miraba desde afuera fantasmal, lo asechaba cual cazador a su presa. Recordó las paginas amarillentas del álbum de estampas postales. Pensó en que se había olvidado de vaciar la bañera. Ana volvió insistente y maldita en la oscuridad de la noche a su mente, como el gato negro que se deslizaba por el cristal de la ventana pidiendo entrar. Sus labios temblaron y finalmente cedió. Abrió la ventana al gato y también a Ana. Subió las escaleras lentamente. Volvió a ingresar en el baño y corroboró junto con Ana que realmente se había olvidado de vaciar la bañera. Pero no sacó el tapón. Aníbal volvió a sumergirse en el agua helada, con el secador de pelo entre las manos.
No hay comentarios:
Publicar un comentario